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Title: ¡¡¡Tornado!!!
Description: Comienzo de Sparrow Redhouse


Peter Linderman - October 21, 2007 10:04 AM (GMT)
TÍTULO: ¡¡¡Tornado!!!
FANDOM: Héroes
AUTOR: Peter Linderman
PERSONAJE: Sparrow Redhouse.
RATING: Mayores de 13 años
COMENTARIOS: el nombre de Sparrow Redhouse aparece en la lista original de Chandra Suresh. Y también aparece en la novela grafica número 30 “String Theory” editada en la fecha de 24 de abril de 2007. Su localización en la lista es Nuevo México y por la apariencia en la novela grafica se especula con que tenga origen nativo americano. Le he dado una edad similar a la Claire, dieciséis años, pero no se sabe a ciencia cierta mucho sobre este personaje, ni sobre su poder. Cualquier parecido con los planes que tengan los creadores de Héroes para este personaje, es PURA y ABSOLUTA coincidencia.
SPOILERS: Hasta 1x23, empieza justo después del final y sucede durante el lapso de tiempo entre el Volumen Uno: Génesis y el Volumen Dos: Generaciones.

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CAPÍTULO UNO: “Despertares”
Esta es mi historia. Ahora que me encuentro a apenas tres horas de Nueva Orleáns, viendo las nubes pasar a través del cristal de la ventanilla del coche, mientras le cuento a Suresh la historia de estos últimos meses sin vernos, me doy cuenta de las vueltas que ha dado mi vida. Si tuviera que empezar desde un principio, comenzaría por aquella mañana de comienzos de noviembre en la que todo Estados Unidos se despertó conmocionada.
Una explosión, al parecer nuclear, se había producido en los cielos de la ciudad de Nueva York. Aquel incidente, supuso una alarma tremenda en toda la nación. Se declaró el estado de sitio en la ciudad durante los tres días siguientes. Y aquella mañana ninguna escuela, instituto o universidad abrió sus puertas. Todo el mundo estaba pendiente de aquel suceso, todo el mundo veía la misma noticia en la televisión.
Los temores iniciales por la lluvia radiactiva se vieron silenciados. Las cadenas no paraban de pronosticar que la evacuación de la ciudad no se produciría a tiempo. Pero ni la radiación llegó, ni tampoco la temida contaminación. Y los expertos analistas de las televisiones solo estaban de acuerdo en algo: aquella explosión no había sido “normal”.
—Es... hermoso. —fueron mis palabras al ver por primera vez aquellas imágenes, en la mañana del ocho de noviembre. No sabía exactamente el qué, pero la visión de aquel estallido de luz y fuego, me había provocado aquella primera impresión.
—¿Pero qué dices?—dijo, en español, mi madre al oír aquel pensamiento que había pronunciado en voz alta. Mi madre era medio española, medio norteamericana. Mi abuela materna había venido de España, siendo niña, después de la guerra civil. En cambio mi padre, había sido un indio Hopi , y yo me encontraba en la difícil situación de lidiar con tres lenguas distintas en las conversaciones hogareñas.
Mi madre casi siempre hablaba en Inglés, aunque cuando estaba alterada hablaba su lengua materna por lo codos, mi tío Badger , que también era Hopi, hablaba también en Inglés, pero casi nunca lo hacía delante de mi abuela. Y mi abuela hablaba Hopi todo el rato, aunque entendía perfectamente el inglés, sólo para molestar a mamá.
—Es una catástrofe...—comenzó a decir mamá, en Inglés de nuevo. Al tiempo que cambiaba de canal para ver que decían las otras cadenas sobre aquel suceso. Y las cadenas empezaban a retransmitir el anuncio a la nación del Presidente, pidiendo a los ciudadanos calma, dado que el ejército estaba iniciando las labores de evacuación de las zonas afectadas. Y se informaba de las medidas tomadas en los diferentes estados de la nación.
Mañana por la mañana, de lo único que se hablaría en todo el instituto público de Clovis, en el condado de Curry de Nuevo México, seria del asunto de la explosión. Y correrían rumores por todos los pasillos entre clase y clase, y durante las mismas. Yo no quería estar pegada al televisor en aquellos momentos, para oír algo que se repetiría hasta la saciedad. Si iba a suceder alguna tragedia, si iba a morir, prefería estar haciendo algo que me gustase. Así que salí a dar un paseo por el campo de cebada. Dirigiéndome al árbol en el que muchas veces me había quedado viendo el ocaso.
Me senté en las raíces del árbol. Disfrutando de la extraña sensación de encontrarme a mediados de semana, un miércoles si mal no recuerdo, y tener un día sin instituto. Pensaba en dirigirme al centro, a la ciudad, pero a medida que esa idea se formaba en mi cabeza, me di cuenta que seguramente la mayoría de las tiendas y el cine estarían cerrados, debidos al suceso.
En aquel entonces, Nueva York me parecía una ciudad tan lejana, tan ajena a mí, que no tendría mucha importancia para mí lo que estaba sucediendo allí. Ni pensaba que aquella explosión estuviese relacionada conmigo, de alguna manera. Pero lo estaba de un modo en el que no sospechaba.
La verdad es que me sentía asqueada de mi misma por el comentario que había soltado antes, había sido horrible. Aunque, realmente lo que me sorprendió fue el hecho de que había hablado en Hopi, sin habérmelo propuesto. No era la lengua que utilizaba para expresar mis ideas, ni mis sentimientos. Apenas tenia relevancia en mi forma de ser, las antiguas tradiciones de los antepasados de mi padre. No es que rechazara esas costumbres, pero no sabia donde encajaban en mi vida, y donde encajaba yo en ellas. Ahora, varios meses después si he encontrado su lugar, y el mío.
Pero volviendo a mi historia, aquel árbol no solo era un buen sitio para estar a la sombra, recogido y abrigado de los vientos gracias al pequeño bosquecito con el que lindaba. Sino por que estaba a medio camino entre la granja de mi tío Badger, donde vivíamos mi abuela, mi madre, mi sufrido tío y yo; y la siguiente granja que pertenecía a los McKenzie. Nuestros vecinos más próximos.
Mientras observaba en la lejanía la casa. Me preguntaba si ya habían visto las noticias en la televisión, si ya conocían la tragedia. Y también me preguntaba, cuales habrían sido sus primeras palabras al ver las imágenes. Sospechaba que ninguno habría dicho una barbaridad como la mía. Seguramente Josh, el hijo mayor de los McKenzie me habría mirado con mala cara si me hubiera oído, habría pensado que era una friki .
Un sonido de tambores que parecía proceder de la lejanía me borró aquellos pensamientos de la cabeza. Me había parecido que venían del Este. Pero estrechando los ojos para mirar en dirección al amanecer no vi nada parecido a un tambor, y tampoco lo volví a oír cuando intenté escuchar con más atención.
“Habrán sido imaginaciones mías” pensé. Cuando era aun más pequeña, con menos de ocho años, había tenido una imaginación muy fértil. Pero la muerte de mi padre, en un accidente de aviación, había truncado aquellas ideas que tenía de pequeña. Así como mis ganas de conocer las historias de mis antepasados. Ahora tenía dieciséis años y los pies en la tierra.
La mañana parecía volverse poco a poco más oscura, y tenía el presentimiento de que por la tarde empezaría a refrescar, pero aun había buen tiempo. Y además, me encantaba el paisaje que se mostraba desde esa pequeña colina. A lo lejos, en la granja de los McKenzie, al parecer la familia se había despertado y ya habían visto, al igual que el resto de la nación, las noticias. Josh, el hijo mayor, había decidido imitarme y había salido afuera para practicar su lanzamiento. Era lanzador titular en el equipo de béisbol del instituto, y se encontraba lanzando la pelota contra una de las paredes del granero. Fuera de las miradas de sus padres, pero no de la mía.
Aunque éramos vecinos, al menos los más próximos entre si, apenas nos encontrábamos. Solíamos coincidir en los descansos entre clase y clase, y en algunas asignaturas. Pero era lo normal estudiando en el mismo instituto, y estando en el mismo curso. La única vez que me había topado a solas con él había sido hace más de un mes, el día uno de octubre. Habíamos coincidido ambos en que, esa colina al lado de un pequeño barranco en la que estaba situada, era un buen sitio para ver el eclipse de sol que se había centrado sobre el estado de Nuevo México.
“Una oportunidad que sólo ocurría una vez en la vida” pensé en aquel entonces. Aunque fue muy extraño compartir aquel evento sin apenas hablarnos, en un silencio absoluto. Siempre pensé que debía de haber dicho alguna cosa que le hubiera molestado, o afectado. O tal vez, sencillamente, no era la compañía que hubiese querido tener aquella tarde. No sabía lo equivocada que estaba. Yo no albergaba entonces muchas esperanzas de que él se fijase en mí.
Aunque mi tío y mi madre me decían que yo era una preciosidad, suponía que simplemente me miraban con ojos paternalistas. Mi abuela en cambio, era más tajante y no paraba de decirme que mi temperamento tenía que ser más firme, que cualquier chico que no se fijase en mí era un idiota que no merecía la pena. Al fin y al cabo entre los Hopi, una sociedad matriarcal, era la mujer la que decidía las decisiones más importantes y el linaje se transmitía de madres a hijas.
Y mi abuela tenía carácter de sobra. De hecho, en casa cada dos por tres había una trifulca sobre las decisiones a tomar en cualquier cosa. Mi madre y mi abuela siempre parecían discrepar en todo lo relacionado conmigo. Parecían olvidarse de que aquella granja, y los territorios de cultivo, pertenecían a mi tío Badger, no a ellas.
Cuando mi padre había muerto en el accidente, nos mudamos desde Alburquerque a este pueblo cercano a la frontera de Texas. Y mi abuela, había decidido empacar las maletas desde la reserva de Arizona, y dedicarse más profundamente a mi educación. Era comprensible. Yo era, a falta de una hija que nunca había tenido, la heredera del linaje de nuestra familia.
El viento empezaba a traer el olor de la lluvia, aun cuando parecía que el día estaba despejado. Pero lo notaba en mis pulmones, aquella fragancia de la tierra recién mojada, un olor húmedo y metálico. Desde esa pequeña colina, no se podía ver nuestra granja, pero tenía la certeza de que si no volvía pronto a casa, mi madre se pondría de los nervios. Sobretodo con lo que se veía en las televisiones.
Llegué a casa, pero por suerte mi madre no me regañó, había estado muy ocupada llamando por teléfono. Seguramente para saber donde estaban mi abuelo, y mis tíos. Y si estaban a salvo. Pero al parecer sin mucho éxito.
—¡Mierda!—blasfemó en español y colgó el auricular con muy mala leche. Apenas se había dado cuenta de que no había bajado de mi habitación, que estaba escaleras arriba, sino que venia de afuera. —“Las líneas están ocupadas”—dijo, recitando claramente el mensaje automático que le provocaba aquel disgusto.
Yo me encogí de hombros, e intenté pasar a la cocina con mucho cuidado de que no explotase. Me serví algo de almuerzo, y me propuse terminar de recoger mi habitación, que había dejado como una pocilga. Muchas de las cosas que tenía eran regalos que me había hecho mi abuela por mi cumpleaños, en octubre, y aunque no le gustaban las fiestas extranjeras, también en navidades.
Consistían básicamente en artículos de cestería, collares, mascarás y demás cosas de los Hopi que ella realizaba a mano. Al parecer tenía el convencimiento de que si me inundaba de cosas de mis antepasados, algo, tal vez una pizca, se me pegaría. Pero uno de los regalos que me había hecho y que más atesoraba, era una fotografía de mi padre del primer día que había volado con su avioneta. Aquella maquina que había supuesto, tanto su sueño como su tumba.
Mi padre, Hare Redhouse, había aprendido a pilotar en el ejército. Y una vez había terminado su instrucción, y lo habían destinado en la reserva, había convertido su pasión por el vuelo en su profesión. Se había convertido en instructor de vuelo, en el aeródromo de Alburquerque. Pero una desafortunada mañana, a primeros de abril hace casi ocho años, despegó por última vez de la pista de aterrizaje para no volver nunca más conmigo.
Aquella fotografía me traía tanto malas como buenas emociones. El “Gorrión” había sido la avioneta de mi padre y de hecho mi primer nombre se había inspirado en ella. Aunque, ahora mientras le relato a Suresh la historia de estos últimos meses, pienso que tal vez mi nombre inspiró el de la avioneta.
Tras terminar de poner en orden, o con un mínimo de orden, mi habitación. Me dispuse a ponerme algo de ropa más adecuada para ir con mi tío de compras a la ciudad. La imagen que se reflejaba en el espejo de cuerpo entero era una mezcla, bastante desafortunada a mi modo de ver, de varias razas. Mi piel era ligeramente más oscura que la de mi madre, pero sin llegar a serlo como mi tío y mi abuela. La forma de los ojos era igual a la de mi madre, almendrados, y también tenía su color de ojos marrón claro. Pero la forma de la cara era más redonda y una nariz pequeña que me daba un aire mohín. Apenas tenia caderas y poco pecho. Y mi estatura por poco superaba los cinco pies y casi dos pulgadas . Además, según mi impresión apenas tenía cuello.
Mis piernas me parecían demasiado cortas y sin gracia. El pelo era lo único que si me gustaba de mí. Lo tenía largo hasta más de la mitad de la espalda y recogido en una coleta con una cinta hecha a mano, regalo de mi abuela por mi decimotercero cumpleaños, pero resultaba ser demasiado liso y demasiado oscuro. En cuanto a mis orejas, las tenía pegadas, sin lóbulo y era un absoluto fastidio. Apenas me ponía pendientes, y mi abuela siempre quería que me pusiera los que me había regalado por las navidades de hacia dos años.
Tras ponerme unos pantalones vaqueros que había sacado del fondo del armario, una blusa blanca que me encantaba y unas zapatillas deportivas. Me dirigí escaleras abajo para acompañar a mi tío.
—Nos vamos a comprar. —anuncio tío Badger, a mi abuela que estaba en el salón y a mi madre que seguía intentando hablar con Oregón, en la cocina.
—Cuida de la abuela, mamá. —dije yo en voz lo suficientemente alta para que me escuchase. Y cerré la puerta a mi paso.
—Oye, no metas el dedo en la llaga. —me recriminó en broma, mi tío. Sabíamos muy bien que a mamá no le gustaban las veces que se tenía que quedar a solas con mi abuela, con Beaver como ella la llamaba.
—Apuesto por la abuela. —dije tras subirme en la furgoneta Nissan y abrocharme el cinturón.
—Pues entonces a mí me toca Annie. —dijo tío Badger. Esa apuesta se repetía cada vez que las dejábamos a solas. Apostábamos a quien encontraríamos viva para cuando llegásemos a casa. Era una apuesta en broma, por supuesto. Aunque mi madre y mi abuela tenían sus riñas, nunca llegaban a los extremos.
Pero la abuela, había vivido bastantes años en la reserva compartida de indios Navajos y Hopi, en Arizona. Y al parecer algunas de sus tradiciones guerreras se le habían contagiado. Cuando llegamos a la ciudad, nos encontramos con que estaba más tranquila de lo esperado. La gente no había salido compulsivamente a comprar provisiones y demás cosas. Como ocurría generalmente en las situaciones de catástrofe, en las grandes ciudades. Clovis era un pueblo bastante más tranquilo y acostumbrado a mantener la calma, en las situaciones críticas. Sólo en la temporada de Tornados, a mediados de abril, podían verse algunas imágenes de desesperación.
Fuimos a comprar lo ordinario, algunas verduras, carne, y demás cosas que faltaban en casa. Aunque en la cola del supermercado tuvimos que esperar más de lo normal debido a que sólo había una cajera disponible. Al parecer mucha gente no había ido ha trabajar aquel día, y estaban igual que mi madre, intentando saber si toda la familia estaba bien.
Mi tío Badger era lo más parecido que tenía como padre. De hecho se parecía mucho a la fotografía que había en la mesita de cama de mi habitación. Él se había ocupado de nosotras, mi madre y yo, cuando papá murió. Había sacrificado su comodidad, su soltería, y la libertad de no tener que responder ante nadie, por nosotras. De hecho, mi padre y él se parecían casi como dos gotas de agua en el carácter.
Ambos habían hecho lo que habían querido, sus ilusiones, aun a costa de llevarse mal con sus padres. Y ahora, por desgracia, soportaba de nuevo a la abuela que no paraba de decirle que sentase la cabeza. Yo también albergaba esa esperanza. Tal vez me hacia ilusiones equivocadas, pero mi tío era casi como un segundo padre, y a veces pensaba que todo seria un poco mejor si mi madre y él estuviesen juntos. Pero como dice el dicho “Si los deseos fuesen caballos, los mendigos cabalgarían.”
De vuelta a casa, empezó ha refrescar tal y como había pronosticado. No sabía en aquel momento el verdadero alcance de aquel pequeño éxito. Llegando a casa descubrimos, por supuesto, que ambos habíamos perdido la apuesta. Y mientras dejábamos las cosas en la cocina oí mascullar a tío Badger algo así como “sólo dos semanas”, mientras miraba el calendario. El cuarto jueves del mes de noviembre estaba marcado con tantos colores que apenas se veía el número. Y yo solté una risa ahogada para que no me escuchara.
—Ríete cuanto quieras, pero tú me vas ayudar en este lío. —dijo en un tono serio, que me cortó las ganas de bromear. No era justo. Al fin y al cabo yo no había sido quien se había ofrecido a organizar la cena de Acción de Gracias este año. Tío Badger se metía él solito en camisas de once varas.
El resto del día apenas fue diferente de un miércoles común, excepto en que en los telediarios seguían haciendo la crónica de los sucesos de Nueva York, y en que no tenía que hacer deberes por que ya los había terminado el día anterior. Pero aun así notaba que ese día era especial, como si se tratara de un cumpleaños, un aniversario, o una cita que no recordara.
Al final del telenoticias, lo único que me llamó la atención fue el parte meteorológico que daban para el día siguiente: “Cielos medianamente cubiertos, vientos débiles de componente norte y ausencia de precipitaciones.”
”El hombre del tiempo se ha equivocado, mañana va ha llover” pensé en aquel momento. Me había quedado de pie mirando el mapa de predicciones con aquel pensamiento en la mente. Cuando me fijé en que mi abuela me miraba fijamente desde su sillón con una mirada extraña en el rostro y había dejado de hacer punto con las agujas de costura.
Pensé en aquel momento que iba a echarme una regañina por algo que me había olvidado de hacer, pues su mirada era de las que helaban la sangre.
—¿Qué?—dijo abruptamente. —¿Vas a irte a dormir, sin dar un beso de buenas noches a tu abuela?—añadió suavizando el rostro aunque seguía teniendo la misma mirada inquisitiva.
Me relajé, y di las buenas noches a toda mi familia. No sabía entonces, que aquel día marcaba el pistoletazo de salida de un cambio que sacudiría los cimientos del mundo. Ni que yo como cientos, tal vez miles, de personas en todo el mundo, estábamos experimentando una serie de cambios que darían un giro tremendo a nuestras vidas. Tan sólo me fui a dormir como si se tratase de un día ordinario sin más.
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Espero que os halla gustado este primer capítulo

Oly - October 21, 2007 01:22 PM (GMT)
M encantado.

La trama esta genial, y sta muy interesante

K poder tendra Sparrow?? Algo relacionado cn predecir el tiempo?? noseps

Síguelo pronto!!!

Peter Linderman - November 24, 2007 10:03 AM (GMT)
Aquí os pongo otro cachito de este fic, centrado en Sparrow Redhouse. Espero que os guste mucho.

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CAPÍTULO DOS: “Dando gracias...”
Bueno, os dejé con mi relato en la primera noche de mi nueva vida. Pero lejos de ser una noche tranquila, tuve una inquietante y extraña pesadilla. Una pesadilla que no tenía nada que ver lo ocurrido en Nueva York, o al menos eso pensaba entonces. Soñé que estaba en un puerto, a orillas de un mar embravecido que nunca había visto. Las únicas playas que había conocido eran las del Océano Pacifico, de los días de Acción de gracias, cuando visitábamos a mi Abuelo a North bend, en Oregón.
Pero aquello que veía no era el Pacifico, ni las costas de North Bend. Era más cálido, y más terrorífico, en cierto modo. A mí alrededor veía personas que me hablaban y me llamaban por mi nombre. Pero ni sus rostros, ni sus voces eran claros. Parecía que estuviese viéndolos a través de una densa lluvia, y escuchándolos a través de un vendaval. Pero antes de que pudiese reconocerlos, se habían ido. Habían huido. Huido de algo que venía del mar, algo imparable. Mientras que yo enfrente de aquella masa de agua enorme, me sentía minúscula e insignificante, en comparación con lo que se aproximaba. Pero un sonido empezaba ha acercarse, a mi espalda. Un sonido ancestral que me atravesaba el cuerpo y hacia que palpitase más fuerte mi corazón.
Y... justo en ese momento sonaba el despertador arrancándome del reino de Morfeo. Apagué el dichoso despertador de un manotazo, mientras intentaba retener algo de ese sueño. Antes de que la lucidez destrozara su significado. Pero ya era demasiado tarde. Aquel puerto, aquel mar, aquellas personas, aquel sonido y aquello que venía a por mí habían tenido sentido mientras soñaba. Pero ahora mi mente se centraba en que era jueves, y hoy tenía que ir al instituto.
Me desperté con un humor de perros, y un dolor lacerante en la cabeza, como si tuviera una jaqueca enorme. Me di una ducha rápida, antes que mi tío entrara a arreglarse, para despejar mis ideas. Mi tío, mi abuela y yo compartíamos el baño, puesto que teníamos las habitaciones secundarias de la casa. Tío Badger había decidido que mi madre ocupara la habitación reservada al matrimonio, con baño propio, de aquel caserón.
Antes de que Tío Badger comprara el caserón, y los terrenos de cultivo, estaba hecho pedazos. Goteras, puertas desportilladas y algunas paredes cuyas molduras estaban descascarilladas. Pero él lo compró y lo reformó a su gusto. Y empezó a cultivar en los campos, aun cuando el anterior propietario había dado por estéril la zona. Ningún de los anteriores dueños había conseguido que ese terreno diera beneficios. Pero Tío Badger, lo había conseguido con esfuerzo y cariño. Parecía como si aquellas tierras hubieran estado esperándole a él durante siglos.
Tras la ducha me dispuse a vestirme, para ir a tomar el desayuno. En la pequeña televisión portátil de la cocina seguía apareciendo la evacuación de Nueva York, así como el sorprendente descubrimiento de la ausencia de lluvia nuclear. Tras el desayuno, llegó la hora de marcharse. Pero antes de que entrara en el coche de mamá, pasó algo desconcertante. Tuve un impulso muy extraño, volví a mi habitación y rebusqué en el fondo del armario en busca del paraguas. ”Es una tontería, no va ha llover” pensaba. Pero al mismo tiempo una vocecita molesta en mi cabeza me decía ”Si no te lo llevas, te vas a empapar”. Metí el paraguas en la mochila, sin tiempo para discutir conmigo misma, y me fui directa al coche.
Una vez en el instituto, me encontré con que había acertado otro pronóstico. Aunque este era más evidente, todo el mundo hablaba de Nueva York y de la explosión. De hecho la ultima noticia sobre la inesperada ausencia de lluvia radiactiva, había producido toda una serie de disparatadas teorías de pasillo. Los que seguían las versiones oficiales, opinaban que debía de haber sido un fenómeno natural. Como la explosión de un meteorito al entrar en la atmósfera. Pero esa teoría se tambaleaba debido a que la NASA había afirmado que ningún elemento extraño había entrado en la atmósfera desde el espacio.
Los que le iban las teorías de la conspiración, fans del fenómeno Roswell, aventuraban que se trataba de un OVNI , o al menos de algo secreto del gobierno. Yo en cambio escuchaba esas paparruchadas sin mucho entusiasmo, mientras dejaba el paraguas en la taquilla. Algo me decía en mi interior, que la verdad era más extraordinaria e inquietante.
El día de instituto pasó sin pena ni gloria. Deberes y trabajos entregados. Y nuevas, y asfixiantes, tareas para hacer en casa. Parecía que era un ciclo que no tendría fin. Pero en la última clase del día, en la clase de Lengua Hispánica, me quedé adormilada debido a la mala noche que había pasado.
No me preocupaba mucho, puesto que yo estaba en uno de los asientos en la última fila, y el español no era problema para mí. Pero en medio de esa morriña, cuando empezaba a dejar de oír lo que decía la profesora, olí la fragancia de la lluvia, y noté la piel del cuerpo empapada. Un ruido de tambores en la lejanía hizo que me despertase, y tanto el perfume como la humedad desaparecieron.
Aquello era desconcertante, pero antes de que pudiese recapacitar sobre lo que me había pasado, la clase estaba terminando y la profesora estaba asignando los deberes para mañana. Al salir de la clase, me percaté que Josh McKenzie, mi vecino, se había quedado para hablar con la profesora. Esa era una de las pocas clases en las que coincidíamos, y esperaba que no me hubiera pillado adormilada.
Justo cuando estábamos Zoe, mi compañera de taquilla, y yo a la salida del instituto, me acordé de algo importante. Me disculpé ante Zoe, para salir como una bala en dirección a mi taquilla, y recoger el paraguas olvidado. Y cuando salía por fin del instituto abrí el paraguas y... empezó a llover.
No sé como explicarlo. Ni si quiera ahora que llevo tanto tiempo con este don. Pero tenia la certeza, eso si certeza es la palabra más correcta, de que iba a llover en ese instante. Yo no me paré a reconsiderar lo extraño de mi acto. Lo había hecho de una manera tan automática, tan instintiva, como parpadear. Pero mientras estaba en la parada del autobús, esperando a mamá para que me recogiese, me encontré con una sorpresa. Josh McKenzie se dirigía a donde estaba yo, corriendo debajo de la lluvia.
—¿Puedo refugiarme?—preguntó Josh mientras señalaba el paraguas. Yo debí tartamudear algo parecido a una respuesta afirmativa. Aunque el shock de encontrarme a solas con él, me había dejado atónita.
Otra vez me encontraba igual que el día del eclipse, los dos a solas en medio de un lugar sin nadie a la vista. Y lo único que me atrevía a hacer era mirarme los pies al tiempo que pasaba este trago.
—Te llamas Sparrow ¿Verdad?—dijo Josh después de unos incómodos minutos de silencio. ”¡Dios, se acuerda de mi nombre!” pensé. No creía que se llegara a acordar, después de más de un mes, desde que me atreví a decírselo. Yo asentí presurosa, al tiempo que decía sin apartar la mirada del suelo. —Sí, me llamo así.
Se me quedó mirando un rato fijamente, mientras yo me ponía cada vez más nerviosa. No me había percatado de lo pequeño que era este paraguas al cogerlo, y podía sentir su mirada clavada en mí. Notaba que su mirada empezaba a afectarme, igual que cuando el sol calentaba mi piel en verano.
—Eh... ¿Hablas español? ¿No?—acabó preguntando al terminar de mirarme fijamente. Yo no entendía, en aquel momento, el por qué de aquella pregunta tan extravagante. Pero afirmé con la cabeza.
—¿Por qué quieres saber si hablo español?—pregunté armándome de valor y mirándole a la cara, aunque no me centré en sus ojos azules. Me parecía bastante más alto de cerca, aunque solo me sacaba seis pulgadas .
—¿Podrías darme clases particulares?—preguntó indeciso. Yo debí de poner una cara muy extraña, tal vez de espanto o me quedé completamente pálida. Por que añadió casi al instante. —Bueno, si no te molesta.
”¿Molestarme? ¡Estoy aterrada!” pensaba. Pero una vocecita, la misma de antes en casa, me decía ”¡Esta es tu señal, aprovéchala!”. Decidí seguir a la condenada vocecita una vez más, y acepté.
—Podemos empezar este domingo por la tarde, en mi casa. —dijo tras aceptar su petición. Y veía como sacaba de la mochila su carpeta y un bolígrafo. —Este es el teléfono de mi casa. —dijo mientras anotaba los números como podía. Yo me había quedado mirando la carpeta, que tenia forrada con la imagen de un eclipse solar. ”¿El mismo eclipse?”. —Llámame si no puedes venir por lo que sea.
Si tenía alguna oportunidad para echarme atrás, para rajarme, desapareció justo en ese momento. Puesto que había dejado de llover y el coche del padre de Josh venia a recogerlo. Se despidió con la mano al tiempo que me decía. —¡Hasta luego!
Yo en cambio me había quedado con el paraguas aun sostenido en una mano y el papel con el teléfono agarrado firmemente en la otra. Bajé el paraguas y eché un vistazo al cielo que estaba azul y claro.
—Gracias. —dije, sin pronunciar la palabra, solo moviendo los labios. ”Alguien ahí arriba me había echado una mano” pensé.
El coche de mamá me recogió poco después, según parecía se había retrasado por el mal tiempo. Yo en cambio, estaba encantada de que hubiera llegado tarde. Tenía su teléfono. ”No te hagas ilusiones Sparrow, sólo van a ser estudios.” pensaba para tranquilizarme. Seguramente, Josh debía ser muy mal estudiante, en cuanto aprobase se olvidaría de ti. O peor, te convertirías desgraciadamente en una amiga, solo y únicamente, una amiga y compañera de estudios. Sin posibilidad de que se fijase en ti.
”¡Menuda pesimista que eres!” me recriminó una voz desde el fondo de mi cabeza. Me percaté en ese momento que, esa voz que discrepaba de mí, hablaba en Hopi. Pero aunque intentaba ser realista, no podía evitar mirar el domingo próximo en el calendario de la cocina, y suspirar levemente. Les expliqué a mama y al tío el ofrecimiento de ayudar a Josh, y aceptaron. Aquel día también disentí del hombre del tiempo, pero el fastidioso ruido de tambores en la lejanía no sonó, ni hubo sueños extraños sobre cosas ominosas viniendo hacia mí. Aunque pronto los días “normales” como aquel serian escasos, muy escasos.
Los días pasaban volando ante la esperanza, y el temor, de estar a solas con él de nuevo. Y antes de que me hubiera dado cuenta ya era domingo y me encaminaba hacia su casa, dudando de mi decisión a medida que la silueta de la granja se perfilaba cada vez más cerca. Llamé a la puerta con decisión, a pesar de que me sudaban las manos. La puerta se abrió y por suerte no me encontré a Josh a primeras, tal vez me hubiera desmayado.
—Buenos tardes. Tú debes ser Sparrow ¿No?—dijo una mujer que debía de ser la madre de Josh. Y me hacia un gesto para que entrase.
—Si, lo soy. —dije, mientras cruzaba la puerta.
—Júnior me ha hablado mucho de ti. —mencionó ella. ”¿Júnior? ¿Qué había dicho de mí, Júnior?” pensé. Pero no expresé esas dudas en voz alta, por no parecer una impertinente. Josh estaba en el salón de estar con sus dos hermanos pequeños.
—Bueno, os dejo a solas para que podáis estudiar a gusto. —dijo su madre al ver a Josh. —Me voy al hospital, Júnior. Te dejo al cargo de Ian y Ky ¿Vale?
Josh se despidió de su madre con un beso. Y me ofreció asiento, mientras ella salía de la casa.
—Pensé que no vendrías. —dijo al oír el sonido de la puerta cerrándose. —¿No te importa hacer de niñera conmigo?
—No, no pasa nada. —dije como de pasada. Intentando que no se me notase los nervios, ante la idea de quedarme a solas con él.
—Veras, la profesora de español me ha dicho que mis notas son demasiado bajas. —dijo pasándome un papel que resultaba ser el último control de la asignatura. —Y que como sigan así, va ha recomendar al entrenador que me deje fuera de los partidos. —añadió. Yo me fijé en la nota que tenía, un tres y medio. Con razón la profesora le había llamado la atención.
—Es una nota...—comencé a decir, pero no sabia como terminarla sin parecer una grosera.
—Pésima. —concluyó él, por mí, la frase. —Lo sé. Y eso es lo que me molesta, en el resto voy bien. Menos en esa.
—El español es difícil. —dije, no para animarle, sino por que gran parte del vocabulario en español que había aprendido de mi madre, consistía en insultos y maldiciones. De cuando le daban los arrebatos de mala leche. ”¡Ánimo!” Saltó de repente la vocecita en Hopi, para darme coraje.
—Pongámonos manos a la obra. —dije en español, tomando aire y comenzando la clase.
Aquella primera tutoría, resultó ser más fácil de lo que me había esperado. Básicamente, repasábamos las partes del examen, y de los deberes, en los que él había fallado. Siempre procurando que yo no hiciese su trabajo. E iba intercalando frases en español, en las conversaciones, para mejorar la parte hablada. De vez en cuando, tenía que desviar la mirada para evitar que se fijase en las veces que me quedaba mirándole absorta.
Y más de una ocasión, teníamos que cortar el hilo del tema que estábamos repasando, ya que sus hermanos se perdían de vista, o hacían alguna travesura.
Josh, a diferencia de mí, tenía dos hermanos pequeños. Ian parecía una versión en miniatura de Josh, no tendría más de ocho años, más bajito que yo pero con la misma mirada y el pelo castaño oscuro como su hermano. Kylie, de seis, tenía el pelo más claro y resultaba ser la más revoltosa de los dos, por que al parecer le gustaba mucho jugar al escondite. Casi sin darnos cuenta el tiempo había pasado volando y quedaba poco para el anochecer.
No es que me preocupase mucho en ese momento, yo me lo estaba pasando mejor de lo esperado. Pero fue como si una alarma sonase en cabeza, diciéndome cuanto quedaba para el ocaso. Este era otro de los efectos secundarios del despertar de mi poder, junto con lo sueños y las sensaciones extrañas, aunque en aquel momento no lo sabía. Únicamente sabia, igual que supe el momento exacto en el que iba a llover, que quedaba media hora para el anochecer.
—Creo que se ha hecho tarde. —dije, antes incluso de mirar mi reloj. Recogí el libro de texto, al igual que Josh. Y me dispuse a irme.
—Nos vemos mañana en clase. —se despidió Josh, mientras yo marchaba a casa cogiendo el camino de la carretera.
No había sido para tanto, después de los primeros quince minutos junto a él, me había tranquilizado. Y me había comportado con naturalidad. Pero a medio camino de casa, volví a oír sonidos en la lejanía. Sólo que esta vez eran cánticos, en vez de tambores. Me paré en seco y, después de unos instantes de silencio, sacudí la cabeza.
”Ese chico te está afectando, Sparrow” me aconsejé a mi misma. Nunca me había enamorado, no al menos de este modo. Pero, por lo que me habían dicho mis amigas, el cuerpo se te descontrolaba. Y en aquellos momentos, descontrol era la palabra que mejor me definía.
Los días pasaban como las nubes por el cielo azotado por viento. Y más aun desde que el domingo se había convertido en mi día preferido de la semana. Y el domingo siguiente se repitieron las clases de repaso a la vez que cuidábamos de sus hermanos. El progresaba lenta, pero firmemente, y tenía la esperanza de poder aprobar este trimestre antes de los exámenes de diciembre. Y yo estaba encantada de estar a su lado, aun cuando me temía que todo esto se desvaneciese tan rápido como la niebla en una tarde de sol.
Mientras tanto, mi poder seguía importunándome cada dos por tres, los sonidos de tambores o cánticos no eran el mayor de mis problemas. Sino las sensaciones extrañas, como el cosquilleo en la piel como si una descarga de electricidad pasase por ella. O las náuseas que ha veces me sacudían, como si me encontrase a cientos de pies de altura. No sabía que me estaba pasando en aquellos momentos y lo achacaba a los nervios, o a otras causas.
Además mis aciertos con las predicciones meteorológicas eran siempre atinados. En un principio, pensé que era gracioso poder llevar la contraria al hombre del tiempo. Pero después de once aciertos seguidos, aquello era de un raro que asusta. Y dejé de ver los finales de los telediarios. Para cuando me había dado cuenta el día más terrorífico de Tío Badger, el de Acción de Gracias, había llegado.
No sé como será para el resto de familias, pero en la nuestra había indios nativos de verdad en la mesa. Tío Badger intentaba hacer que todo saliese bien, pero no demasiado bien. No quería causar una impresión excelente. Lo suficiente para salir del paso, pero sin llegar a “Vamos a celebrar todos los años el Día de Acción de Gracias en casa de Badger”.
Lo más difícil para mi tío, era la colocación de los invitados. Se debía de sentir como si estuviese haciendo un reparto colonial de sillas. Procurando no poner a los dos elementos más conflictivos juntos: Mi abuelo materno y Mi abuela paterna. Durante mucho tiempo pensé que el resentimiento entre mi abuelo y mi abuela venia de su matrimonio con un indio. Pero al parecer estaba equivocada, era mi nacimiento, mejor dicho mi bautizo, lo que provocó la brecha entre los consuegros. Mi abuelo quería que el nombre de mi difunta abuela materna fuese primero. Y mi abuela quería que fuese el nombre de Sparrow. Al final mi abuela ganó la batalla, pero comenzó una guerra que aun continuaba.
Una guerra consistente en centrarse en todos los aspectos de mi vida; si iba bien en la escuela, si tenía novio, si... bueno ya sabéis todo ese chequeo que te hacen los abuelos cada vez que vienen de visita. Y sobretodo una guerra en ver quien de los dos estaba mejor de salud. Para ver quien de los dos iba a reírse sobre la tumba del otro. Vamos que se llevaban como el perro y el gato.
Habíamos terminado de preparar la cena cuando llegó mi Tío Jeremy, con su esposa Ángela y mis primos Scott y Mellisa, acompañando a mi Abuelo Malcom Sanders. Dado que vivían en Oregón todos, habían venido en el mismo vuelo. Mientras que mi tío Albert, que vivía en Nueva York, había llamado del aeropuerto de Roswell diciendo que su vuelo se había retrasado y le faltaba poco para llegar.
—Perdonad por el retraso.—se disculpó Tío Al, a su llegada, mientras nos daba un beso a mi madre y a mí.—En Nueva York siguen las cosas un poco agitadas.—Cuando ya estábamos en la mesa por fin todos juntos y Tío Badger, ya que era el anfitrión, había dado las gracias por los alimentos. Una inoportuna llamada sonó en el teléfono de la cocina, disculpándose mi tío fue atenderla.
Pero por desgracia faltaba algo en la mesa, lo que me había tocado preparar a mí, la salsa de arándonos. Me dirigí a la cocina para traerla. Cuando, sin quererlo ni evitarlo, escuché parte de la conversación telefónica de mi tío.
—No, no quiero hablar con usted... ¿Es que no lo ha entendido?—dijo con un tono serio e hiriente. Parecía que su interlocutor decía algo en respuesta. —Váyase a tomar por…—blasfemó mi tío. Y colgó el teléfono. Aquello me pareció muy raro. No es que mi tío fuera un santo, pero no saltaba tal fácilmente como mi madre. Para que respondiera a alguien de ese modo le tenían que haber tocado... la moral, mucho.
Entré en la cocina, y para mi sorpresa me fulminó con una mirada helada, aunque suavizó el rostro enseguida y esbozó una leve sonrisa.
—¿Qué quieres?—dijo más calmado. Yo señalé la salsa al tiempo que preguntaba. —¿Quién ha llamado?
—No ha sido nadie, se han equivocado. —mintió descaradamente mi tío.
”¡Y yo me lo creo!” se burló una voz que hablaba en Hopi, desde el fondo de mi cabeza.
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ACLARACIONES
En Nuevo México existen dos lenguas oficiales, el Inglés y el Español y ambas se enseñan en la escuela. Los Hopi son una de las razas originales de Norteamerica (para más información http://es.wikipedia.org/wiki/Hopi ) y Clovis existe en realidad. Es decir que algunos elementos son veridiricos.

Oly - November 24, 2007 03:06 PM (GMT)
Sta muy interesante este capi, y cada vez m llama mas la atención los poderes de Sparrow; stara en sintonía con l que le rodea??

Y esos pensamientos en distintos idiomas?? K chulo

En cuanto a lo de la llamada, sería Mohinder?? Entos el tio lo sabe o se lo supone??

En cuanto al vecino, Junior, tendrá algun poder él tmb?? Lo del eclipse parece sospechoso... xD

Ta muy chulo, continualo pronto. :D

Peter Linderman - November 25, 2007 10:45 AM (GMT)
CAPÍTULO TRES: “Secretos, Mentiras y Libros de Texto”
”¿Por qué me ha mentido? ¿Quién era el que había llamado?” eran las preguntas que me hacía, mientras volvíamos al salón. No es que mi tío me contase todo, ni que siempre me dijese la verdad. Eso no lo hace nadie, todo el mundo tiene sus secretos. Pero había algo en esa mentira que me daba mala espina. Me daba la impresión de que no quería que yo, es decir concretamente yo, supiese quien había llamado.
Al volver a la mesa con la salsa de arándonos, me fijé en la mirada inquieta que le lanzaba mi madre a Tío Badger. Y este le respondía con un ligero cabeceo, apenas imperceptible. El significado de todo esto se me escapaba, pero no era la única que se había percatado de ello. Mi abuela también se había fijado, había apartado su mirada de su archienemigo, mi otro abuelo, y lanzaba cada dos por tres vistazos a mi madre y a su hijo.
Mientras que el resto de la familia Sanders, seguía poniéndose al día de los asuntos que ocurrían a los dos lados de la nación, en Oregón y en Nueva York. Mis primos le hacían preguntas a Tío Al, sobre como se había vivido la explosión en la ciudad.
—No sé vosotros. Pero yo me alegro de seguir con vida. —dijo después de relatar su historia. —De hecho, el próximo año os venís a Nueva York en Acción de Gracias. ¿Qué os parece?—dijo después de un buen trago de licor.
Tío Badger soltó un suspiro, al tiempo que le lanzaba una mirada como diciendo: “Tú verás, has firmado tu sentencia”. Al parecer el testigo pasaba a otro desafortunado anfitrión.
El resto de la cena estuvo bastante más tranquila de lo normal. Generalmente mi abuela solía soltar groserías y burlas a mi abuelo, que por suerte traducíamos del Hopi de la manera más educada posible, pero este año estaba más callada de lo habitual. Y por una vez Tío Albert era el centro de atención en esta reunión. Trabajaba como corredor de bolsa en Wall Street, por lo que mayoría de sus anécdotas trataban sobre opciones, acciones y demás cosas aburridísimas. Pero este año tenía relatos mucho más interesantes sobre la explosión y sobre la evacuación.
—Dicen que vieron una figura sobrevolando el cielo de Nueva York minutos antes de la explosión. —nos contaba a sus tres sobrinos.
—¿Una figura?—preguntábamos expectantes Scott, Mellisa y yo.
—Si, una figura de una persona. —dijo muy bajito para que no nos escuchase mamá. —Una persona que volaba.
La idea de una persona que volase como en las películas de los superhéroes, era apasionante. La idea de escapar de los grilletes de la tierra, seguir los vientos y abandonar el hogar... ”¿Qué estoy pensando?” recapacité. ”¿A qué venía esa idea que se me había cruzado por la mente?” En cambio mis primos eran incrédulos, opinaban que aquello era una trola inventada por Tío Al.
Mientras tanto, Mamá, Tío Badger y Tío Jeremy estaban enfrascados en una conversación, sobre la compañía de productos cárnicos, en la cual Tío Jeremy era jefe de la planta de Oregón.
—Están pensando en montar una planta aquí en Nuevo México. —comentó ilusionado. —Tal vez con algunas insinuaciones pueda conseguirte un puesto Annie ¿Qué te parece?—dijo. Aunque mamá parecía estar en la luna de Valencia.
—¿Qué...? Oh... sí, por supuesto. —contestó por cortesía. Pero era evidente que no escuchaba ni una palabra. Parecía que estuviera escuchando más atentamente al tío Al. Era mucho más interesante un hombre volador, por supuesto.
—Bueno el próximo año, cuando celebremos Acción de Gracias. —decía Tío Albert. —Os llevaré a ver el desfile, del día siguiente. Es toda una maravilla, ver las calles de Manhattan tan llenas de gente...—Tío Albert reprimió un escalofrió. Era evidente que aún tenía próximo lo ocurrido en la “Gran manzana”. Y que se alegraba, tal vez más que ninguno de los presentes, de volver a vernos a todos vivos.
El postre, tarta de pacana, les encantó a todos. Aunque no dijimos que lo había preparado Beaver, hasta que el abuelo se comió su parte. Tragando el último trozo sin poder evitarlo dijo. —Muy rico... Muy rico. —mirando de reojo a la Abuela, con cara de malas pulgas, mientras esta le devolvía la mirada retándole.
Al final de la cena, estuvimos viendo el rugby, aunque mi tío y mi madre habían salido un momento hacia la cocina, para hablar a solas. Antes de que pudiera inventar cualquier excusa para poder oír a escondidas, de qué estaban hablando, ya habían vuelto. Mi madre estaba ligeramente nerviosa, pero al igual que mi tío, lo escondió detrás de una sonrisa al verme.
”Vale, aquí está pasando algo raro. Yo no me chupo el dedo” pensé. Y la abuela me lanzó una significativa mirada de complicidad. También se había fijado en el extraño comportamiento de su hijo.
La velada terminó por fin y cada uno se fue a la cama. Tío Badger, había puesto en condiciones algunas habitaciones que utilizaba de trasteros, para la ocasión. Pero a mí me tocaba compartir la habitación con mi prima, y ella tenía la mala costumbre de ser sonámbula. Resultó que este año la que tenía problemas con el sueño era yo, no mi prima.
La pesadilla se repitió, pero de manera diferente a la anterior. Volvía a ver gente a mí alrededor en el mismo puerto. Pero sus voces eran más claras y sus rostros no eran tan borrosos, aunque azotaba un vendaval tremendo, y la lluvia era muy densa.
—¡Sparrow, tenemos que salir de aquí!— decían. Yo quería preguntar de qué demonios teníamos que huir. Pero de mi boca solo salio una frase. —¡Iros! ¡Evacuad a los que podáis! —les ordené a los desconocidos. Y estos hacían un amago de quedarse, pero aquello que venía se acercaba más y más rápido. Y se fueron rápidamente. Una ultima figura que no reconocía, se quedó a mi lado unos instantes.
—Sparrow. —dijo suplicando con la mirada que me fuese con él. —¡Veté! —le grité a pleno pulmón, a través del vendaval. Finalmente huyó, dejándome a solas. Y otra vez aquel sonido que venía de tierra adentro volvía a aparecer para sacudirme toda entera.
Y... una vez más me desperté, y el sueño empezaba a deshacerse en pedazos. Aunque en aquel entonces pensaba que eran sueños estúpidos y sin sentido, intenté retener la mayoría de los detalles que pude. Algo me decía que era de una importancia vital.
Aun era de noche, ya apenas miraba el reloj, aunque lo sabía, e intenté coger el sueño de nuevo. Pero un ruido amortiguado por las paredes de la casa llegó a mis oídos. Había voces abajo, en la cocina o el salón. Me incorporé del todo y, sin despertar a mi prima, abrí la puerta dirigiéndome con los pies descalzos hacia el piso inferior. Al parecer había dos personas hablando en la cocina.
—...era su hijo. Al parecer este Suresh también es genetista. —dijo una voz que reconocí como la del Tío Badger.
—De tal palo, tal astilla. —dijo otra voz en español, era mi madre.
Tras unos segundos de silencio volvió a sonar la voz de mi madre.
—¿Qué era lo que quería? ¿Por qué ha llamado otra vez?—preguntó con un tono de angustia.
—Lo mismo que su padre hace meses. Entrevistar a Sparrow. —contestó casi en un susurro. ”¿Quién quería hablar conmigo? ¿Y por qué?” pensé.
—Lo sabe...—dijo mamá con un hilo de voz. —...de algún modo lo sabe. Y quiere chantajearnos, o llevársela a Nueva York, o...—empezaba a decir mamá de manera atropellada.
—Tranquila, Annie. —dijo mi tío mientras se oía como se levantaba del asiento y se dirigía hacia ella. —Suresh sólo sospecha. —dijo después de que sonase un ruido como de un beso. —Lo único que tiene son sólo sospechas. Por eso llama, para ver si confirmamos sus sospechas.
”¿Sospechas de qué?” pensé. Deseaba saltar del rincón en el que estaba agazapada escuchando, y preguntárselo directamente a los dos.
—Si las cosas se ponen feas...—comenzó a decir mi tío. —…realmente feas. Vendo todo esto y nos vamos de aquí, a otro estado. —Aquellas palabras sí que me sacudieron. Para mi tío esta casa, y estas tierras, eran su vida. No las abandonaría así como así.
—¿Harías eso por nosotras?—sonó la voz amortiguada de mi madre.
—Sí, lo haría. —dijo firmemente Tío Badger. —Eres mi cuñada y Sparrow mi ahijada.
—Sabes que eres más que eso para mí. —contestó mamá, sorbiendo las lágrimas. Durante unos instantes que me parecieron eternos, me sentí abrumada por las declaraciones que estaba escuchando.
—De todo esto que no se entere Beaver ¿Vale?—dijo Tío Badger. —Ya sabes la opinión que tiene sobre estas cosas.
”¿Qué leches tiene que ver mi abuela?” me pregunté.
—¿Cómo quieres que le oculte eso? No puedo, no sé si podré...—comenzó a decir mamá.
—Tranquila. Ahora es mejor que descanse...—empezó a decir Tío Badger, pero antes de que saliesen de la cocina yo volvía lo más rápido posible a la habitación y me perdía el final de la frase.
Me acosté en la cama, con los resuellos de mi prima de fondo, haciéndome un montón de preguntas. ”¿Quién era ese genetista Suresh? ¿Por qué le tiene tanto miedo mamá? ¿Qué opina la abuela, de qué?” pero todas esas preguntas no tenían respuesta y lo único que provocaron es que perdiese el resto de la noche de sueño.
Al día siguiente toda la familia se despertó y los dos únicos baños de la casa estaban colapsados. Finalmente me pude dar una ducha, pero el agua del calentador se había acabado. Aun con el agua helada recorriendo mi cuerpo, mi mente seguía cavilando sobre la conversación de anoche. Repasando todo lo que habían dicho mi madre y mi tío. Al salir del cuarto de baño con el albornoz puesto y secándome el pelo con una toalla, oí los malditos tambores en la lejanía. Como siempre que los escuchaba me quede paralizada, intentando buscar su origen. Pero mi abuela se había cruzado conmigo en el pasillo en ese momento, y se había quedado igual de quieta que yo.
”¿Habría escuchado lo mismo que yo? ¿No son imaginaciones mías?” me pregunté, pero antes de que pudiese expresarme en voz alta, ella se me adelantó.
—¿Te pasa algo, cariño?—dijo fijándose en mi rostro. ”Falsa alarma” pensé.
—No, no me pasa nada abuela. El calentador está vacío, ya sabes...—dije una mentirijilla, ella puso cara de malas pulgas, no le gustaba que le dejasen el calentador vacío. Alguna gente piensa que los Indios nativos no nos adaptamos a las artilugios modernos, eso es una falacia. Mi abuela, por ejemplo, daba gracias todos los días a quien había inventado los calentadores de agua. El único aparato tecnológico de toda la casa que no soportaba era el teléfono. Decía que era mucho mejor hablar cara a cara, y no soportaba ver a mi madre cuando se ponía a hablar horas y horas por aquel aparato.
Después del desayuno nos tocó despedirnos de la familia entre besos y abrazos. Mientras cogían el coche e iban camino del aeropuerto. Cuando todos los Sanders se habían ido por fin, Tío Badger pegó un resoplido y se dejó caer en el sofá.
—Si alguna vez se me ocurre otra genial idea como esta, hazme un favor, pégame un pescozón y tápame la boca. —dijo a mi madre cuando esta pasaba por el salón. Aquel fin de semana fue un poco menos emocionante que los anteriores. No tenía el aliciente de poder ver la sonrisa de Josh, dado que había llamado cancelando la cita. Pero no me preocupaba, pasaría el fin de semana saliendo con Zoe, yendo al centro comercial y pasándomelo bomba. Deseando quitarme de la cabeza aquellos tambores y las preguntas que me hacía sobre ese tal Suresh.
A última hora del domingo, antes de disponernos a comer. Me fijé que mi abuela ya casi tenía terminado el regalo de navidades para mí. Este año al parecer se trataba de una manta, o algo parecido a un saco para dormir al raso.
—Los regalos de navidad tienen que ser un secreto ¿Sabes?—dije mientras me fijaba en cómo lo tejía.
—¿Por qué? ¿Para que te lleves un chasco cuando lo abras?—contestó ella mirándome, y a la vez tejiendo. Era capaz de tejer con los ojos vendados, por puro tacto. —Es mejor no tener secretos.
—Podrías haber comprado uno en el centro comercial. —dije. —No tienes los dedos para esas cosas.
Mi abuela me miró a través de las gafas de media luna que tenía, y dijo. —Dejaré de hacerte estos regalos cuando aprendas la lección.
”¡Lo que me faltaba! ¡Ahora viene el sermón!” Pensé al tiempo que me preparaba para el chaparrón y preguntaba. —¿Qué lección? —Esperaba que saltase con algo de los Hopi y de los Kachina, los espíritus de los antepasados.
—Hay que hacer las cosas uno mismo. —dijo simplemente y llanamente.
—¿Quieres decir, a mano?—pregunté cansina. Mi abuela me miró y agitó la cabeza como diciendo “No tiene remedio”. Y ambas nos dirigimos a cenar en el comedor.
Los siguientes días siguieron pasando, esperando la llegada de los domingos impaciente. Pero también con bastantes tribulaciones en mi cabeza. Por un lado, estaban las llamadas de teléfono extrañas, seguramente de Suresh. Aquellas en las que Tío Badger o mi madre cogían el auricular escuchaban una frase y colgaban en un instante. Por otro lado, estaban los descubrimientos que había realizado sobre lo que me estaba pasando.
No es que llegase a controlarlo, pero llegué a una conclusión bastante lógica. Los tambores y las sensaciones extrañas ocurrían cuando, por cualquier razón, me quedaba absorta pensando en algún recuerdo o cuando me quedaba en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Así que decidí poner remedio al asunto y convertí el café en mi bebida obligada, para evitar oír y sentir aquellas cosas. Lo único que aliviaba este constante estrés eran las tutorías que pasábamos juntos Josh y yo, en las cuales me olvidaba de todos mis problemas.
—A este paso creo que voy a aprobar este trimestre. —dijo Josh en una de las sesiones de estudio. Yo tenía el deseo, ruin y egoísta, de que no aprobara, que me siguiera necesitando. Y aquellas palabras me molestaban.
—¿Tanto te preocupa no jugar al béisbol?—pregunté un poco mordazmente, sólo para molestar. Había llegado un punto en nuestro trato el uno con el otro, en el que no me importaba soltar una pulla.
—No es por el béisbol. La verdad es que no me importa. —dijo muy bajito la ultima frase y desvió la mirada hacia un lado, parecía triste y abatido. —Quiero aprobar esa asignatura para...—empezó a decir pero no conseguía terminar la frase. A mi extrañaba aquello, normalmente no se cortaba mucho al decir lo que opinaba de las cosas. Eso lo hacia yo, no él.
—¿Para qué?—pregunté, mientras le miraba fijamente a los ojos, expectante.
—Quiero ir a la universidad. —comenzó a decir, tras volver a fijar los ojos en mí.—Estudiar medicina como mi madre, pero no sé si mis padres podrán permitírselo y necesito toda la ayuda posible. —Aunque no lo había mencionado, intuí que Josh no había hablado con nadie de esos planes, ni con sus padres.
”¿Y por qué me lo cuenta a mí?” pensé. Estaba a punto de formular aquella pregunta, cuando Ian se digirió a nosotros.
—Ayudadme. —dijo el mediano de los McKenzie. —No encuentro a Kylie por ningún lado, y me harto de ser el que pille. —suplicó el chiquillo. Aquello nos dio un susto tremendo, Ky no tenía muchos sitios para esconderse en la casa, si Ian ya los había revisado todos. Solo podía haber una explicación, que Kylie hubiera encontrado un sitio “mejor” para ocultarse. Por ejemplo en el granero, o peor cerca del pozo de irrigación.
—Busca con Ian en el interior de la casa. Yo voy a ver afuera. —me dijo Josh, quitándose el abatimiento de golpe. Estuvimos buscándola por las habitaciones. Debajo de las camas, en los armarios, etcétera. E incluso en el cuarto de luces en el sótano. Pero no había manera, no aparecía. Ky podía esconderse en sitios más pequeños que Ian por lo que la tarea se estaba haciendo exasperante. Al final la encontramos en el trastero, arriba del todo.
—Ahora te toca a ti esconderte. —me dijo sonriente, mientras salía de su escondite. La sonrisa se le quitó de golpe en cuanto vio a su hermano mayor acercarse cabreado.
—Se lo diré a mamá. —dijo frotándose el trasero después de la reprimenda.
—No, no se lo dirás. —contestó a su hermana pequeña. —Se lo diré yo. Y también le diré el susto que nos has dado a los dos. —dijo altivo. Yo en cambio contemplaba la lengua que sacaba Ky, mientras su hermano se daba la vuelta y me decía. —Bueno, entre una cosa y otra, ya se ha hecho tarde.
Recogimos los libros, y me despedí de los hermanos McKenzie, dirigiéndome a casa. Mientras tanto pensaba en lo que me había dicho Josh acerca de querer ir a la universidad, para estudiar medicina. Y me sentía como un bicho rastrero por desear que fracasara para estar más tiempo con él. ”No, voy a echarle un capote. Aunque me pese, tengo que ayudarle” pensé. No quería verle tan triste y abatido como se había mostrado antes, no parecía él mismo.
Los días siguieron pasando a su inexorable velocidad. Mientras que en mi cabeza había tantos nubarrones, como los que el otoño estaba trayendo a Clovis. Ya tenía demasiadas cosas por las que preocuparme: las llamadas del misterioso genetista que traía de los nervios a mamá y a mi tío, los exámenes míos que se aproximaban, el éxito o el fracaso de Josh en Lengua Hispánica y por último y no menos inquietante las extrañas sensaciones que tenia en el cuerpo, que lejos de parar se volvieron aun más extrañas.
Ahora, para colmo, podía percibir el paso de los aviones antes incluso de oír el estampido que producía los motores. Y los ruidos de tambores y cánticos lejanos, que venia del noreste, se había convertido en conciertos que duraban varios minutos. Sí, digo noreste, por que ahora era capaz de percibir dónde estaba el norte.
No sabía, en aquel momento, que gran parte de mis preocupaciones estaban relacionadas las unas con las otras. Así que intentaba sobrellevar cada cosa por separado y me callaba lo que me estaba pasando. Diciembre pasó casi en soplo de aire. Y los exámenes llegaron finalmente, así como el final del trimestre.
—¿Cuántas te han caído?—me preguntó Zoe mientras recogíamos las cosas de la taquilla el último día de clase.
—Sólo dos. Álgebra y Biología. —contesté. Tampoco es que me preocupasen, esas asignaturas podía aprobarlas en la recuperación, me había concentrado en superar las que se me daban peor. Estaba a punto de preguntarle cómo le había ido a ella, cuando vi a Josh acercarse a nuestras taquillas.
—¿Y qué ha sido?—pregunté expectante, sabiendo qué había venido a decirme la nota que le había ayudado a conseguir.
—¡He aprobado!—dijo con un sonrisa en la cara. Y yo veía, por el rabillo del ojo, que Zoe ponía una cara mitad desconcierto, mitad asombro. —Ha sido gracias todo a ti. —dijo de todo corazón. Aunque el mío se estaba haciendo pedazos en ese momento, por lo que venia a continuación. —Pero sólo ha sido un cinco raspado, y necesito una mejor nota para...
—Ejem, Ejem. —solté un carraspeo para que se diese cuenta de que no estábamos los dos solos, aunque Zoe estaba alucinada.
—Espero que podamos seguir con las clases después de navidades. —dijo con una sonrisa. Aquello último me dejó un poco paralizada, a la vez que emocionada, pero ya estaba más inmunizada a su encanto y le contesté.
—Por supuesto, no te preocupes. —le contesté. Se despidió de nosotras y yo me giré para acabar viendo la cara de asombro de Zoe, que se había quedado atónita.
—¡Qué callado te lo tenias!—repuso ella cuando recuperó el habla. Yo le expliqué, mientras esperábamos en la parada del autobús, que no era lo que se imaginaba. Aunque no me había parado a pensarlo ”¿Por qué habíamos mantenido en secreto, una cosa tan inocente como una tutoría?”.
Tendida en mi cama, el domingo siguiente, cavilaba sobre esa idea. ”¿Es qué no quería que me vieran con él?” aquella idea no tenía sentido, por que sino, no habría ido a decirme la nota. ”Entonces ¿Por qué tanto secreto?” no era nada del otro mundo las tutorías, a menudo los profesores emparejaban a los alumnos para que se ayudasen, era muy normal. El maldito sonido de tambores sonó de nuevo, mientras mi mente se debatía sobre el tema.
”Eso no han sido tambores” dijo una vocecita en Hopi desde el fondo de mi cabeza. Me incorporé de la cama al darme cuenta de la verdad de esas palabras. Aquello no habían sido tambores... Había sonado como el timbre del teléfono de la cocina. Me quedé escuchando el silencio que había en el caserón unos minutos. Pero no volvió a sonar el timbre. ”¿Me lo habré imaginado?”. Aquello era nuevo, siempre solían ser tambores o cánticos, o ambos, pero nunca timbres. Salí de la habitación y me dirigí abajo, a la cocina. No había nadie más en casa que mi abuela y yo, y nadie en la cocina. Sólo estaba mi abuela en salón, tejiendo el final de mi regalo de navidad.
—Abuela, ¿Han llamado por teléfono?—pregunté intrigada. No estaba segura de si me lo había imaginado, o no. Oía y sentía cosas tan extrañas que a veces no estaba segura de nada.
—No, no ha llamado nadie que conozcamos. —contestó, mirándome y tejiendo a la vez. —Por cierto ¿Hoy no tenías tutoría con el vecino?—preguntó interesada, con un brillo extraño en los ojos. Al parecer mi abuela se había fijado en mi cara, cuando volvía de la granja de los McKenzie.
—No, los McKenzie se han ido de vacaciones. —contesté sin parecer demasiado deprimida, y apartándome del escrutinio de mi abuela. Josh y su familia visitaban a sus Tíos en Chicago, por navidades, todos los años.
Las navidades se acercaban, y la ilusión por lo regalos también. Yo siempre he pensado que lo importante de los regalos de navidad, era la ilusión y la esperanza que generaban. Y en ese sentido, Josh ya me había hecho un regalo por adelantado, dándome nuevas esperanzas. Pero no sabía que otra persona aparecería para darme un regalo que cambiaría mi vida, que me daría unas esperanzas, y temores también, que no había imaginado nunca.
Cuando quedaban tres días para la nochebuena tuvimos una visita inesperada. Volvíamos Tío Badger, mamá y yo de comprar en la ciudad, cuando vimos un coche aparcado en la entrada. Al cruzar la puerta de la casa para anunciar a mi abuela que habíamos vuelto, oímos voces. Voces, en plural, en el salón.
—Ha sido muy amable al invitarme, Señora Redhouse. —sonó una voz masculina que no reconocimos en el salón. —Este té está delicioso, por cierto.
—Gracias. —dijo otra voz femenina, torpemente en Inglés. —Llámeme Beaver... mejor. Deseaba hablar... cara a cara... con usted. —continuó mi abuela en un inglés casi macarrónico.
Cruzamos el umbral del salón, para ver a mi abuela y el extraño visitante tomando té y sentados en el sofá. Al vernos entrar, el desconocido se levantó.
—Encantado de conocerles. —dijo alzando una mano en ademán de apretón, pero que cayó en saco roto. —Su madre ha tenido la amabilidad de invitarme. —añadió echando una mirada a mi abuela. —Hemos hablado con anterioridad por teléfono. Mi nombre es Mohinder Suresh.
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Este fanfic ya lo he posteado en otro foro de Héroes, asi que puede que lo encontreis familiar.

Oly - November 25, 2007 01:37 PM (GMT)
ME ENCANTA!!!

Mnudo final!!! Mohinder al ataque xD "Si ellos no van a Mohinder, Mohinder irá a ellos" :P

Cada vez s demuestra mas el poder de Sparrow y ¿¿todos esos sueños??

¿¿Serán una especie de advertencia de que algo va a pasar??

Continua pliss

Peter Linderman - November 27, 2007 10:37 AM (GMT)
CAPÍTULO CUATRO: “Un Papá Noel Hindú”
”¿Suresh? ¿Él mismo que le daba miedo a mamá?” pensé. Mirando a Suresh de arriba abajo, no me parecía gran cosa. La primera impresión que tuve de Suresh, era la de un vendedor a domicilio que había tenido una muy mala racha. Llevaba unos pantalones de pana un poco viejos, una camisa color marfil mal planchada y una cazadora vaquera marrón con los codos gastados. Era indio, pero indio de la India, lo cual me llamó la atención por que nunca había visto uno de cerca. Debía tener unos veintitantos, pero aparentaba más con la barba de dos días. Después del shock inicial que se había llevado mi madre al verlo, reaccionó más rápida que un rayo.
—Sparrow vete a tu cuarto. —ordenó sin girar la cabeza, con la mirada fija en el invitado “intruso”.
Estuve a punto de soltar un “Pero mamá...”, cuando ella me lanzó una mirada que no admitía replica alguna. Yo obedecí, en contra de mi gusto, y subí las escaleras para dirigirme a mi habitación. Pero no para quedarme quietecita cumpliendo, tenia curiosidad por saber quien era Suresh, y el por qué de tanto secreto. Así que cuando llegué a mi cuarto, me quité rápidamente las zapatillas y cerré la puerta de mi habitación, pero conmigo fuera. Me dirigí hacia el descansillo de las escaleras, donde podría escucharlos hablar. Últimamente estaba cogiendo muy malos hábitos, tales como mentir, ocultar cosas y escuchar a hurtadillas.
—¿Por qué ha venido?—resonó la voz de mi madre, desde el salón.
—Como les expliqué por teléfono, he venido a hablar con Sparrow. —dijo Suresh de manera educada.
—Sparrow no hablará con usted. —sentenció mamá, tajantemente.
—¿Por qué no debe hablar con ella?—preguntó mi abuela en Hopi, con un tono intencionadamente despreocupado. Hubo unos instantes de silencio, seguramente mamá estaba en un duelo de miradas con mi abuela. Al parecer, mi abuela sabía exactamente el por qué Suresh no debía hablar conmigo. Pero yo me mordía las uñas intentando descifrar algo.
—Explique... por favor... su visita. —dijo mi abuela en su torpe inglés. Ahora entendía por qué siempre hablaba en Hopi. Después de unos incómodos momentos de silencio, Suresh comenzó a hablar.
—Mi padre tenía una teoría sobre la evolución humana. Y creía que su hija es parte de esa teoría.
”¿Evolución? ¿Qué yo era parte de qué?” me preguntaba al escuchar esas palabras.
—Su teoría decía que la humanidad, como especie, continúa evolucionando. Cambiando hacia algo diferente. —continuó diciendo Suresh. —Y entre los individuos de nuestra especie, existen unos pocos que presentan rasgos extraordinarios, y yo creo que Sparrow es uno de esos individuos.
—¿Rasgos extraordinarios? ¿Cómo de extraordinarios?—preguntó mi tío intrigado. Y hubo otro momento de silencio a la espera de que respondiera Suresh.
—Hablo de ventajas genéticas. —comenzó a decir Suresh. —Tales como la levitación, la invisibilidad, la telekinesia, el teletransporte, la precognición...—continuó diciendo. ”¿Pero de que va?”.
—Váyase de nuestra casa, por favor. —dijo mamá, era evidente que aquello había sido la gota que colma el vaso.
—Es normal que muestren recelo. —dijo Suresh. —Pero permítanme una pregunta. ¿Alguna vez Sparrow ha realizado algo que fuera extraordinario? ¿Algo que normalmente la gente no hace? —después de esa pregunta hubo tenso silencio. Un silencio que me parecía demasiado largo ”¿Por qué duda en contestar mamá?”.
—No, Sparrow no hace nada raro. —contestó finalmente, aunque parecía que tenía la voz afectada.
—Pero antes lo hacía, Anne ¿Recuerdas?—dijo mi abuela en Hopi. ”¿Qué?”.
—Ya no lo hace abuela. —contestó Tío Badger, también en Hopi. —No desde que nos mudamos aquí.
”¿No hago el qué?” me preguntaba. Quería ir al salón y pedirles explicaciones acerca de todo ello. ”¿Qué era lo que ellos sabían, y yo no?”. Pero la voz de Suresh sonó de nuevo.
—¿Qué es lo que ella NO hace?—preguntó Suresh, al parecer había captado el sentido de la discusión entre mi abuela y mi tío.
—¿Qué quiere de Sparrow? Dígame la verdad. —preguntó mi madre intranquila, poniendo las cartas boca arriba.
—Sólo quiero hablar con ella, ayudarla. Le aseguro que es mi única intención. —dijo Suresh, al parecer mamá ya no podía echarse atrás. Después de unos instantes mamá volvió a hablar. Aunque su voz tenía cierto aire de desasosiego.
—Empezó cuando tenía siete años, mi marido decía que era un don de los Kachina. —comenzó a decir mamá. —Los espíritus de los antepasados Hopi. —aclaró a Suresh. —Pero yo no me creía esos cuentos indios, son todos...
—Ejem, Ejem. —carraspeó la garganta de mi abuela de una manera muy sonora. Un aviso de que no siguiera por esa dirección, o sino empezaría una riña.
—El asunto es que Sparrow era especial... Sabia cosas... cosas que iban a suceder.
—¿Veía el futuro?—preguntó expectante Suresh.
—No, digo sí, digo ah... es difícil decirlo. Mi hija sabía qué tiempo atmosférico iba a hacer... pero lo sabía de una manera que no era ”normal”. —”¡Oh, Dios mío!”. Era lo que me había estado pasando estos meses. ”¿Me había pasado antes?”. Sin embargo mamá seguía hablando.
—Sabía en qué momento exacto iba a llover, de donde venía el viento, cuando iba a amanecer o anochecer, donde estaba el norte, y montón de cosas que no se pueden saber de manera ”normal”. —dijo con voz afectada pero, después de unos instantes de silencio, continuó más firmemente.—Pero ahora ya no puede, ya no es así.
—Señora, no creo que Sparr...—comenzó a contradecir Suresh, pero mi madre le cortó la frase.
—Si de verdad quiere ayudar a mi hija, lo mejor será que se vaya. No destroce a una familia.
Mohinder estaba claramente decepcionado, se lo veía en el rostro. Pero finalmente se dio por vencido.
—Si ella no puede, entonces mejor será que m...—comenzó a decir Mohinder. Pero se le había atragantado la frase al verme en el umbral de la puerta, con los pies descalzos. Me había atrevido a salir del escondrijo, y tenía fija mi mirada en sus ojos.
—¡SPARROW!—me regañó mi madre, al volverse. Pero yo no me inmuté, Mohinder y yo teníamos la mirada trabada, él uno en él otro. Él sabía que acababa de encontrar lo que estaba buscando, lo veía en el fondo de mis ojos. Y yo sabia que él tenía las respuestas a las preguntas que tenia en mente, lo veía igual que él en mí.
—Mamá, déjame hablar con él. —le dije a mi madre, sin mirarla. —Necesito respuestas.
Aquellas palabras hicieron que mi madre se abatiese, y me dirigiera una mirada de incredulidad y decepción. Como si no aceptase lo que estaba sucediendo, como si creyera que era una pesadilla. No lo entendía en aquel momento, pero ella ya había sufrido mucho por culpa de cosas como esta. Y no quería que su hija, su única hija, siguiera el camino que ya conocía. Tío Badger la acompañó, junto con mi abuela, fuera del salón. Mientras que Mohinder y yo nos quedamos a solas. Era un encuentro inevitable, que sucedería tarde o temprano y que cambiaría mi vida. ”¿Y ahora qué?” Sonó una voz en Hopi, en el fondo de mi cabeza.
Tenía un montón de preguntas que hacerle, pero no sabía por cual empezar. Así que me dejé llevar por mi instinto igual que una hoja de árbol por el viento. Me senté en el sofá y él me copió el gesto.
—¿Hay más como yo?—pregunté. La idea de estar sola en esto, me apabullaba. Mohinder asintió con la cabeza.
—Sí, hay más gente con habilidades especiales. —dijo llenándome de consuelo, y yo solté un suspiro de alivio. —Pero no sé si hay otros que tengan concretamente tu aptitud.
”Una de cal y otra de arena” pensé.
—¿Cómo es posible que pueda hacer lo que hago?—pregunté mirándole fijamente a los ojos. Era muy extraño que aquel desconocido supusiese mi centro de atención en ese momento. No tenía en mi mente ninguna otra cosa, ni Josh, ni las navidades, ni mi madre, nada.
—Creo que estas “habilidades” están relacionadas con ciertos cambios en el cerebro humano. —dijo después de unos segundos. —El cerebro humano “normal” sólo utiliza un diez por ciento de capacidad. Pero los evolucionados utilizan vías nerviosas diferentes a las convencionales. Y usan un porcentaje, un poco mayor.
—¿Evolucionados?—pregunté. ”¿Yo era uno de esos evolucionados?”.
—Mi padre los denominó así, debido a la teoría de la evolución. Pero lo importante, es que mi padre tenía la pista de que estos cambios se producían en el cerebro. —dijo. —Seguramente lo habrás notado ya. ¿Has tenido dolores de cabeza hace poco?
—Sí, desde hace un tiempo. ¿Por qué?
—Bueno... estas “habilidades” se pueden comparar a la experiencia de sentir una parte del cuerpo nueva o un sentido que no se ha usado antes, o se ha recuperado. —se fijó para ver si le seguía en su explicación y continuó. —Cómo cuando un ciego recupera la vista, o un paralítico recupera la movilidad. Suele ser una experiencia dolorosa para el cerebro el adaptarse a algo nuevo, o algo perdido.
—A veces siento cosas extrañas como calambres, vértigos, náuseas, ardores o...—pero no continué y, al pensar en lo que estaba a punto de decir, me ruboricé. —...bueno sensaciones que no tienen explicación, ni vienen a cuento. ¿Sabe por que es?
Mohinder se quedó unos instantes pensando, buscando la respuesta a mi pregunta. En aquel entonces no sabía que le estaba costando darme explicaciones a algo que apenas comprendía él mismo.
—Creo que puede tratarse de sinestesia. —dijo finalmente, pero al ver mi cara de desconcierto, empezó a explicarse. —La sinestesia es una imagen o sensación propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente. —”¿Ein?”. Eso estaba muy lejos de una explicación.
—Por ejemplo. —continuó, Suresh. —Hace poco examiné a un evolucionado que podía leer las mentes de otros. Él percibía los pensamientos como si se tratase de voces. Pero un pensamiento no es una voz, ni una imagen, es una sensación diferente a estas. Sus otros sentidos intentaban interpretar las nuevas sensaciones.
—Y eso me pasa a mi ¿No?—pregunté comprendiendo su explicación, él asintió correspondiéndome. ”¿Y los tambores, también eran lo mismo?” me preguntaba. ”No le hables de los tambores” Susurró una voz en el fondo de mi cabeza, en Hopi. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, al oírlo resonar en mi cabeza. Así que decidí hacer otras preguntas.
—Esto que me pasa ¿Es malo o bueno?—era una pregunta casi infantil, pero la mirada de angustia y decepción de mi madre me vino a la mente.
—Esto, sólo es algo diferente. —me contestó. —Es como el color de los ojos, o de la piel. Un rasgo genético sin más.
Aquello no era mucho consuelo. Por el color de la piel, mis antepasados habían sido diezmados. En aquel momento la parte Hopi de mí, aquella que discrepaba conmigo, salía más a flote y tenia el convencimiento de que ser diferente era un verdadero martirio.
—Hábleme de los otros. —casi le exigí, me sorprendía a mi misma el tono que empleaba, no era mi forma de ser. Me parecía más a la abuela, en ese momento, que nunca.
—No puedo decirte nombres, por que prefieren mantener el anonimato. Pero sí te puedo hablar de lo que pueden hacer...—Y me empezó a contar cosas sobre gente que podía volar, leer la mente, curarse a si misma a una velocidad increíble, volverse invisible, e incluso gente que tenia una fuerza abrumadora o movía objetos con la mente y un montón de cosas más que desafiaban mi imaginación. Le creía, yo misma era la prueba de que podían existir, pero a medida que relataba esas proezas, yo iba perdiendo el ánimo.
—En comparación con todo eso, mi aptitud es...—me paré buscando la palabra correcta y la encontré. —...mediocre.
—Bueno, puede parecer poca cosa. —contestó Suresh. —Pero yo no menospreciaría el don que tienes.
—¿De verdad no creerá esas sandeces de los Kachina?—Solté. No creía que alguien como él, un hombre de ciencia, pudiera creer esos cuentos. Solo quería darme ánimos, era evidente.
—Yo sólo creo que eres especial, no sólo por el don que tienes, sino por que eres parte del futuro. —dijo, y aquellas palabras me turbaron un poco, pero por suerte mi don me sacó del compromiso.
—Se está haciendo tarde, ya casi es de noche. —dije aunque no miré a través de la ventana y Mohinder comprobó que tenía razón al mirar su reloj. Me devolvió una sonrisa al darse cuenta, que le había demostrado por primera vez mi poder.
—Mañana podemos continuar, sólo será un sencillo test, nada más. Bueno si quieres, por supuesto. —dijo. Estaba tan claro como el agua que la razón de que se quedase, era yo. En Clovis no había nada más “interesante” aparte de la fabrica de quesos y el yacimiento arqueológico.
—Sí, mañana podemos continuar con ese test. —dije mientras nos encaminábamos a la puerta.
—Espera un momento. —dijo en el umbral, mientras rebuscaba algo en su cartera de cuero. —Toma esto. Creo que leerlo te ayudará un poco. —dijo, dándome un libro de color azul claro. Se despidió con un gesto de la mano y montó en su coche, rumbo a la ciudad. Yo me quedé con el libro debajo del brazo, mientras me despedía del coche que se alejaba rumbo a la ciudad.
Durante esa entrevista el resto del mundo había desaparecido de mi mente, y ahora volvía de manera aplastante: mi madre, mi tío, mi abuela, Josh, incluso mis compañeros de clase, todos. Cuando entré en la cocina, la tensión casi se podía cortar con un cuchillo. Me quedé en el umbral de la puerta viéndoles. Yo no podía mirar a mi madre a los ojos, aunque en aquel momento ella estaba de espaldas a mí llorando, y pensaba que no podría volver a hacerlo nunca. Me habían estado ocultando aquel secreto durante ocho años. ”¿Por qué?” me preguntaba. Y a la vez no quería saber la respuesta, tal vez me dolería aun más que hacer la pregunta. ”¿Qué otras cosas me habían ocultado?” todo en lo que había creído se había esfumado, había perdido la confianza en ellos.
Ahora entendía el miedo que había tenido mi madre, respecto a Suresh. No quería que su hija cambiara, no quería que descubriera la verdad. No quería que descubriera que era una sucia mentirosa… ”Sigue siendo tu madre, siguen siendo tu familia” oí un voz en Hopi, que deseaba callar, en el fondo de mi cabeza. Tenía razón mi parte Hopi, como otras tantas veces. Suresh no debía separarme de ellos.
—Mamá, mírame. —dije en un tono lo más calmado posible. Y esperé que se girara para mirarla a sus ojos. —Sigo siendo la misma, no ha cambiado nada. —dije de todo corazón. Ella me miró durante unos instantes y, en vez de alegrarse, empezó a llorar más. Yo me acerque a ella, y la abracé cariñosamente.
—No estés triste mamá. Sigo siendo yo, tu pequeño Gorrión. —le decía, en español, para consolarla mientras le abrazaba.
Ella sorbió las lágrimas y dijo. —Si no... sniff... estoy triste... sniff...—le dio otro ataque de llorera y continuó. —Es que tu... sniff... madre es una tonta... sniff... que llora de alegría. —y después me devolvió el abrazo con ternura.
Aquella noche, la cena fue muy extraña. Había tenido tantas preguntas en mi mente para Suresh y ahora no sabía qué demonios decir a mi familia sin estropearlo todo. Así que hablábamos de todo menos del tiempo. Para mi sorpresa, mi abuela fue la que rompió el hielo, y empezó hablar del tema tabú.
—No te acuerdas ¿Verdad?—dijo mientras comíamos el segundo plato. Mi madre le dirigió una mirada de angustia. Y yo me quedé con un trozo de filete a medio comer en la boca y no podía frenarla sin atragantarme. —Eras muy pequeña cuando comenzó. Apenas te dabas cuenta de lo que hacías. —ya había tragado el trozo y había abierto la boca para pedirle que no siguiera, pero ella me silenció con un gesto de la mano. —Es mejor que lo cuente. Estas cosas si se callan, son peores. —acabé cerrando la boca sonoramente.
—Pero nosotros si nos dimos cuenta, y no sabíamos que hacer. A tu madre le daban miedo esas historias de los Hopi. —continuó ella. ”Yo tampoco sé que hacer, y tengo miedo” pensé. —Pero a mi hijo no le importaba como fueras, él estaba orgulloso de ti. —siguió diciendo aunque unas lagrimas estaban humedeciendo sus resecos ojos, y se le quebró la voz.
—Así que hicimos lo que hacen los padres, seguir dándote cariño.—continuó mi madre, para mi sorpresa, al ver a mi abuela afectada.—Tú hablabas del tiempo del mismo modo que los demás niños hablaban de sus juguetes preferidos, estabas ilusionada. Siempre acertabas, y eras aun muy pequeña para comprender el alcance de eso.
—Pero murió mi hermano. —me sobresaltó la voz de mi tío Badger. Siempre hablaba de mi padre cuando estaba vivo. Decía que era mejor recordar la vida de las personas, que su muerte. —Y estuviste triste mucho tiempo, no hablabas, apenas querías comer, tenías pesadillas. —continuó. —Y te negabas a aceptar su muerte.
”¡Cómo cualquier niño!” pensé. A ningún niño le gustaría que le dijeran que nunca va volver a ver a su padre. Que lo ha perdido para siempre.
—Estábamos muy preocupados. No sabíamos que hacer por ti.—dijo mamá, cogiéndome una mano entre las suyas.—Pero poco tiempo después de que nos mudamos aquí, volviste a hablar y dejaste de tener pesadillas.
—Y pensábamos que lo habías aceptado, que lo habías superado. —dijo mi tío. —Pero ya no volviste a hablar del tiempo nunca más.
—Y nosotros nos dimos cuenta de nuevo. —dijo mi abuela. —Y cómo dice tu madre, y tiene toda la razón, hicimos que lo que hace la familia, seguir dándote cariño. —dijo sin apenas apartar los ojos del suelo para ocultar sus lágrimas.
Era insólito ver a mi abuela darle la razón a mi madre, pero no podía estar más de acuerdo con lo que habían hecho. Yo también habría hecho lo mismo, hacer de tripas corazón para no entristecer a la persona que quieres, aunque le tengas que mentir.
—No queríamos volver a verte triste. ¿Nos perdonas?—suplicó mamá.
—Yo también os he estado ocultando lo que me pasaba. —Asentí con la cabeza y terminé el tema diciendo. —Ahora es mejor que terminemos de cenar, se está enfriando. —dije con una sonrisa de corazón.
Aquel día recibí dos regalos: mi don, o al menos el conocimiento del mismo. Y el segundo, y más importante, había desaparecido ese esqueleto del armario. Ese secreto cuya sombra había eclipsado a los habitantes de este caserón durante tanto tiempo. Lo que no sabia, era que las cosas no iban a seguir así, habría muchos cambios en mi vida.
Os dejé mi historia con el día que llegó Mohinder Suresh a nuestra casa. Había puesto patas arriba mi vida y la de mi familia, y aun no había acabado de rematar su trabajo. Esa noche apenas dormí, me pasé la mitad de la noche leyendo el libro y la otra mitad pensando en el test que me iba a realizar. ”¿Es que acaso hay exámenes y notas también en esto?” sería el colmo encontrarme con que tenía exámenes en navidades. Pero había una pregunta, que no había realizado a Suresh, que me inquietaba. Y quería su respuesta.
—¿Cómo me encontró?—le dije en cuanto abrí la puerta de casa, al día siguiente. Él seguía con la mano levantada, con intención de darle al llamador. Pero me había adelantado y estaba plantada enfrente de él, exigiéndole esa respuesta.
—¿Cómo demonios lo sabia? ¿Cómo sabía que era especial, si yo misma no lo supe hasta ayer?—le exigí con un tono de voz agitada, ahora me parecía más a mamá. —Dígamelo.
—Su padre... por su padre...—tartamudeo él, aturdido por la manera en que le hablaba.
—Explíquese. —le exigí mientras le hacia un gesto para que entrase en la casa. ”¿Qué pintaba mi padre en esto? Mi padre está muerto”. Suresh se sentó en el sillón, sacó un portafolio de su mochila y empezó a explicarse.
—Su padre era reservista en el ejército, y hace diez años se hizo una inspección médica que incluía un análisis sanguíneo. —comenzó a decir mientras me miraba, y sacaba del portafolio una fotocopia de un historial medico, el de mi padre. —Y también un análisis de ADN, que se incluyó en el Proyecto Genoma Humano. Siete años antes, en la India, mi padre comenzó sus investigaciones sobre estos rasgos extraordinarios y encontró un precursor genético en el ADN de su padre.
—¿Un precursor? ¿Me esta diciendo que mi padre también era como yo? —pregunté, tras apartar la mirada del historial. Aquello no podía ser, mi padre era normal, igual que el resto de mi familia, yo era la “rara”.
—No, no estoy diciendo eso. —negó Suresh con la cabeza. —Su padre, al igual que mucha gente, incluida yo, era sólo portador. Poseía los genes responsables, pero no los desencadenantes, estos últimos los heredaste de tu madre. —yo me había quedado atónita ”¿Qué?”—Los genes que contienen estas aptitudes, están tanto en el ADN cromosómico, como en el ADN mitocondrial, y este último se transmite sólo de madres a hijos. No sé cuales son los genes, pero mi padre buscaba linajes matriarcales en su investigación. —”¿Linaje matriarcal?” aquello parecía una broma cruel, mi madre era la responsable de que fuera como soy.
—Pero se necesita la conjunción de todos estos factores, y eso es muy difícil. —continuó diciendo Suresh. —Una posibilidad entre un millón. —Me quedé en silencio unos momentos, recapacitando sobre la revelación que me había hecho Suresh. Me había tocado la lotería al nacer, y no lo sabía. Él me miró interrogativamente y después señaló su mochila de cuero. Ya más tranquila por su explicación, pudimos empezar.
—Me gustaría antes que nada tomarte una muestra de ADN. —dijo, y al ver mi cara de alarma, aclaró. —Sólo es una muestra pequeña, ni siquiera duele. —dijo dándome una especie de bastoncillo de oídos. —Pásatelo por el interior de la boca nada más. —Le di mi muestra y comenzó el test de preguntas.
—¿Nombre completo?—preguntó Mohinder tras sacar unos cuantos formularios.
—Sparrow Lucía Redhouse. —dije. Me acordé de mi abuela mi materna, que no sólo me había dado mi segundo nombre. El resto de preguntas eran típicas, el lugar de nacimiento, la edad, mi grupo sanguíneo, si era zurda o diestra. No era gran cosa el test. Hasta que empezó con las preguntas en serio.
—¿Cuándo fue tu primera vez? —preguntó de repente. ”¿Pero qué clase de test era este?” me quedé paralizada unos momentos sin saber si contestar.
—Disculpe... ¿Cómo ha dicho? —musité yo.
—¿Cuándo fue la primera vez que usaste tu don? —aclaró Suresh. Yo solté un suspiro de alivio, mientras quitaba de mi mente esas ideas, e intentaba acordarme de cuando había comenzado todo esto.
—El día de la explosión en Nueva York, supe que iba refrescar por la tarde. —dije recordando aquel momento en la colina. —Pero mi familia dice que ya lo hacia de antes sin darme cuenta... —y comencé a contarle lo que me habían revelado en la cena el día anterior. Él me escuchaba mientras iba cogiendo notas y grababa la conversación en el reproductor mp3. Parecía realmente intrigado por aquel misterio, que le estaba contando.
—¿Cómo pude perder mi poder? ¿Tiene alguna idea? —le pregunté al terminar. Había intentado acordarme de lo ocurrido antes de la muerte de mi padre. Pero había un hueco, un vacío en mis recuerdos, entre los siete años y el funeral de papá. Él al parecer había estado pensando también en ese enigma toda la noche.
—El cerebro de un niño de ocho años, no está del todo desarrollado, y puede que no pudieses tener todo tu potencial. La mente siempre tiende a sobrevivir, y puede que sacrificara tu don para no sufrir un colapso. —contestó aunque apartó la mirada de mí, y volvió a revisar sus notas. —Por lo que me has contando, tu sentido es abrumador. ¿En que momento, o situación sueles sentir esas sensaciones? —prosiguió con el test.
—Cuando estoy medio dormida, distraída o con los ojos cerrados. —dije, rememorando el punto en común de esas sensaciones. —Pero tomando café y manteniéndome atenta, evito sentirlas. —le dije ilusionada, pensaba que se asombraría al decirle cómo mantenía a raya aquello que me pasaba, pero en vez de ello arrugó el entrecejo.
—No te recomiendo que intentes reprimir tu poder, podría ser contraproducente. —contestó seriamente. —Lo mejor sería que intentases centrarte en ese sentido nuevo. Sólo así podrás separarlo del resto de sensaciones, y comprenderlas. Mediante la práctica, podrás “apagar” ese sentido a voluntad.
Hasta el día anterior, había pensado que lo que me pasaba eran imaginaciones mías, alucinaciones de mis sentidos. Y ahora Suresh me decía que me tenía que dejar llevar por aquellas sensaciones, e intentar controlarlas. ”¿Llevaba meses metiendo la pata?”
—En cuanto a esos dolores de cabeza con qué palabra los describirías ¿Agudo, Aplastante, Calambre, Hiriente, Lacerante, Latiente, Opresivo, Palpitante, Parpadeante,...?
—Lacerante. —contesté, pero estaba muy intrigada. —¿Para qué sirve este test, exactamente?
—Busco los síntomas, y señales, que provoca el “don”, para poder localizarlos posteriormente en futuros pacientes. —contestó mientras anotaba la última respuesta sobre mi dolor de cabeza.
—Ni que fuera una enfermedad. —repliqué sin pensarlo. ”¿¡O sí lo era!?” Ahora sí que estaba nerviosa, y mi rostro se crispó un poco, por ese pensamiento.
—En términos médicos se parece a una enfermedad, por que altera el funcionamiento “normal” del cerebro. —contestó serenamente, para tranquilizarme. —Pero será mejor que continuemos.
Me siguió haciendo preguntas sobre el dolor, sobre cuanto duraba, si se producía de forma periódica, su intensidad, si había tenido náuseas, vómitos, diarrea, fiebre, temblores, escalofríos, ataques epilépticos, pérdidas de concentración y otras tantas cosas más que parecían un chequeo medico completo. Después de esa batería de preguntas, pensé que habíamos acabado. Pero trajo del coche un aparato con un montón de cables finísimos.
—No te va a doler, sólo es para medir las ondas alfa del cerebro. —dijo, pero aunque las sondas no dolían, lo que me empezó a molestar fueron las preguntas que me hizo. Y este test no estaba siendo tan “sencillo” como había dicho. Empezó a hacer preguntas sobre cuánto tiempo llevaba viviendo en ese caserón, cómo iba en el instituto, sobre mis amigas, mi relación con los miembros de mi familia, y finalmente llegó al tema de la tutoría de Josh.
—¿Así que le ayudas a estudiar a ese tal Josh, tu compañero de clase?—preguntaba mientras estaba grabando la conversación en el reproductor mp3.
—Sí, le ayudo los domingos, con la asignatura de español. —contesté intentando mostrarme serena ante aquel interrogatorio.
—¿Sientes alguna necesidad de ayudarle a él, en especial?—preguntó seguidamente. ”¿Qué estaba insinuando? ¿Por qué no metía su nariz en otros asuntos?”.
—No, no siento nada parecido. —contesté, aunque me pregunté si con ese cacharro podía saber la verdad.
—¿Cuándo os conocisteis?—insistió Suresh. Intenté no molestarme por el súbito interés acerca de Josh, y empecé a recordar la primera vez nos conocimos.
—Es mi vecino desde que nos mudamos aquí. —empecé a decir y reparé en que Mohinder anotaba ese detalle y lo subrayaba dos veces. —Pero la primera vez que nos presentamos fue durante el eclipse de sol de...
—Uno de octubre. —adivinó Suresh. ”¿Cómo lo había sabido?”. —Estuve en Nueva York aquel día. —explicó. —¿Cuándo empezaron las clases de tutoría? —prosiguió. Aquello era muy extraño, sobre los profesores y mis compañeros apenas había hecho dos o tres preguntas.
—El domingo siguiente a la explosión de Nueva York. —contesté y otra vez él cogía notas sobre este detalle. —¿Por qué tiene tanto interés en Josh?—pregunté, ”¿Habría visto algo en esa maquinita?”
—No te preocupes. —contestó. —Verás, los individuos de una especie con características similares tienden ha ayudarse, o estar relacionados. En genética, se denomina Teoría del Gen Egoísta, es algo que está en nuestro instinto. Mi padre usaba las relaciones interpersonales en su trabajo de investigación. —”¿Qué estaba diciendo?” pensé.
—Creo que con esto es suficiente. —dijo finalmente, apagando el aparato, y empezó a recoger los formularios que había dejado desperdigados por la mesa de salón.
—¿Mañana continuamos?—pregunté extrañada, mientras me quitaba, una a una, las sondas de la máquina.
—No, no va poder ser. Tengo que volver a Nueva York para pasar las navidades con Molly. —dijo con una sonrisa en los labios. ”Al parecer Suresh tenía una mujer en su vida”
—Entonces, ¿Esto es una despedida?—dije, él dejó de recoger las cosas y me miró al rostro.
—No, digamos que es un “hasta luego”. —dijo con una sonrisa. —En las vacaciones de verano podemos concertar una nueva visita. Mi teléfono y dirección en Nueva York están en el libro que te di.
Cuando ya estaba en las escaleras, dirigiéndose hacia su coche, se giró en redondo y volvió al descansillo.
—Por poco me olvidaba. —dijo, y al ver mi cara de sobresalto, aclaró. —No, no son más preguntas, sólo un consejo: Ten cuidado a quién le hablas sobre esta habilidad tuya, Sparrow.
—¿Eso le incluye a usted también?—bromeé, con una media sonrisa.
—Hay gente que no lo entendería. —dijo con un tono serio que quitó la expresión graciosa de mi cara. —Y habrá gente que quiera hacerte daño. —”¡En el ultimo momento me salta con esto!”
—¿Por qué querrían hacerme daño? —pregunté con los ojos fijos en él, asustada.
—Por el miedo que tienen a esta evolución, a este cambio. Creen que es peligroso. —contestó, y su mirada no dejaba lugar a dudas de que aquello era importante, tal vez más importante que todo lo anterior de la visita.
—Yo soy inofensiva. —dije creyendo, entonces, la verdad de mis palabras.
—Yo lo sé. Pero el resto del mundo no. —dijo, haciendo que ese temor invadiese cada fibra de mí ser.
—Cuídate bien, Sparrow. —se despidió Suresh, con un apretón de manos para darme confianza.
—Cuídese usted también. —devolviéndole aquel apretón de manos. Y finalmente se marchó, dejándome con esa congoja en el pecho. No tenía ni idea de que, mucho antes de lo esperado, nuestras vidas se cruzarían otra vez.
Y al día siguiente llegó la nochebuena junto con los regalos, el árbol, la decoración y demás. Poco a poco, las cosas volvieron a la “normalidad” en la casa, como antes de que llegara el Tornado—Suresh. Mamá y mi abuela iniciaban sus habituales riñas, metiendo al Tío Badger en medio. Mi tío y yo seguíamos con nuestras apuestas cada vez que las dejábamos solas. Y yo volvía a soñar despierta con los ojos azules de Josh, y con su vuelta de navidades que estaba pasando en Chicago.
Mi abuela me entregó como regalo lo que parecía ser un saco de dormir, aunque no fue una gran sorpresa por que llevaba viéndoselo tejer desde hacia cinco semanas. Mi tío, en cambio, me sorprendió con una bicicleta nueva, ya que la anterior, de cuando estábamos en Alburquerque, llevaba años sin usarse y se había quedado enana. Pero el último regalo, el de mi madre, fue el que me conmovió más ningún otro.
—La encontré en una vieja maleta, de cuando nos mudamos. Y la he mandado ampliar. —dijo mientras yo le quitaba el papel de regalo a aquel paquete rectangular y plano. —Es de cuando naciste.
Era una foto familiar, de mi padre, mi madre y yo. No me reconocí en la foto en un principio, por que aparecía un bebé regordete y mofletudo, embutido en una mantita verde esmeralda, que debía de ser yo. Estaban radiantes y felices los dos juntos, mucho más jóvenes, con aquella ricura de bebita, que era yo. Le di un abrazo cariñoso a mi madre, al terminar de verla.
—Lamento no tener ningún regalo para vosotros. —dije tras abrir todos los regalos. Todos los años me pasaba igual, nunca me llegaba el dinero de la paga ni para un mísero detalle, y me sentía fatal por ello.
Y aunque aquellas navidades parecían iguales a las anteriores, noté un sutil cambio. Mamá y Tío Badger a veces se lanzaban miradas cómplices, y a menudo los pillábamos en medio de una conversación personal, que cortaban al vernos a la abuela, o a mí. Y más de una vez buscaban cualquier excusa, para quedarse los dos a solas. Cómo ver una película hasta las tantas, o ir de compras los dos al centro comercial.
Era evidente que lo mantenían en secreto, y al parecer las ilusiones que me había hecho no era tan descabelladas. Pero ninguno de los dos decían nada, por si me incomodaba que mamá rehiciera su vida con él. Yo no pensaba decirles que lo sabía, que les había escuchado en la noche de Acción de Gracias. Mi abuela, en cambio, tenía la mosca detrás de la oreja. Y más de una vez hacía como que no había visto lo mismo que yo, una caricia en el dorso de la mano entre su hijo y su nuera, u oído palabras dulces en español antes de entrar en la cocina en la que estaban los dos. E ignorábamos los ruidos de pasos sigilosos en medio de la noche, y de puertas que se abrían y cerraban con mucho cuidado de no despertarnos a la abuela, o a mí. ”Se creerán que somos tontas” pensaba cuando ocurría algo de eso, y mi abuela me hacia un gesto de conformidad.
—¿Qué tiempo va a hacer hoy, Sparrow?—me preguntó mi abuela nada más verme despierta el día cinco de enero. Esto también se había convertido en otro “pequeño” cambio en la rutina familiar. Le había dicho a mi familia, que Suresh me había recomendado practicar mi don. Y mi abuela se lo había tomado al pie de la letra. Cada mañana, nada despertarme, me hacia la misma pregunta, como si se tratase de un examen.
—Despejado por la mañ...—di un bostezo. —...ana, por la tarde se va ha nublar un poco. —terminé mientras me desperezaba. Y le decía que temperaturas iba a hacer y los vientos. No es que me molestase hacer esas predicciones, para mí era tan fácil como a cualquier otra persona contar con los dedos de la mano. Pero me hacían sentir un poco, como un barómetro andante.
También puse cartas en el asunto de las sensaciones extrañas, que me invadían cuando estaba adormilada, intentando comprenderlas. Aún me acuerdo de mi primer éxito, por que fue muy doloroso. Fue el día uno de enero, día de año nuevo, así que decidí proponerme una meta nueva: poner riendas a aquel descontrol. Esa mañana mientras estaba en la cocina, fregando la pila de platos sucios de nochevieja, paré unos segundos y cerré los ojos. Intentando centrarme, sólo y únicamente, en los latidos de mi corazón, mientras acompasaba mi respiración.
Tum-tum, Tum-tum, Tum-tum.
Latía como los tambores que tantas veces oía en la lejanía. Y a medida que empezaba a perder la conciencia de mis otros sentidos, que dejaba de oír el tic-tac del reloj de la cocina y el zumbido del frigorífico, de notar la humedad de mis manos mojadas y de oler el aroma del friega platos. Empezó a despertarse ese sentido dormido del que me había hablado Suresh. No sé como describirlo, ni entonces, ni ahora que llevo bastante más tiempo controlándolo. Pero sólo puedo decir que me sentía fuera de mí. Ya no estaba en la cocina, enfrente del fregadero, con una olla en la mano. Si no que me encontraba a miles de pies de altura, sintiendo las nubes y los vientos, y el calor del sol de la mañana inundando el campo, y la silueta que perfilaba el viento en el caserón, y la estela que dejaban los pájaros al pasar por el aire, y la electricidad que cargaban las nubes que también tenia forma, y el agua que contenían, y...
...y era sentir DEMASIADO.
Me derrumbé en el suelo de la cocina junto con la olla, cuando ese tropel de sensaciones me aplastó entera. Por suerte el estruendo alertó a mamá y a mi abuela, pudiendo auxiliarme. Yo las tranquilicé, cuando recuperé el sentido, diciendo que era normal. Que les pasaba a todos los que eran como yo. Que, por ejemplo, el evolucionado del que me había hablado Suresh, el que leía las mentes, le había pasado algo parecido en una tienda de abierto veinticuatro horas.
Aun así, el dolor de cabeza era tremendo. Y decidí que practicaría, de ahora en adelante, tumbada en la cama de mi dormitorio, donde no tuviera el peligro de descalabrarme. De todas maneras yo estaba entusiasmada por esa “nueva” faceta de mi poder, deseando repetir en cuanto se me pasara el dolor. Era lo más parecido a volar, pero sin despegar los pies del suelo. No sabía entonces que, esa faceta de mi poder, no era tan inofensiva, como volar.
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Salaberry13 - November 29, 2007 02:28 AM (GMT)
Me gusto mucho el fic, siguelo asI!!!
felicidades-...

SAludos

Peter Linderman - November 29, 2007 04:31 PM (GMT)
Aquí os dejo una imagen del capítulo Run! en la que aparece el nombre de Sparrow Redhouse (con interrogantes). Es decir, que no me lo inventado, aparece en el universo de héroes.
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CAPÍTULO CINCO: “Descubrimientos”
”Ten cuidado a quién le hablas sobre esta habilidad” me había aconsejado Suresh. Pero ”¿Cómo pensaba que podría callarme algo así?” Tal y como yo lo veía, mi poder no era gran cosa. Mucha gente predecía el tiempo debido a una fractura mal curada, o a los achaques de la edad. La única diferencia conmigo era que yo lo hacia de un modo “original”. Deseaba poder destacar en algo por una vez, ya que nunca había sido ni una alumna estrella, ni una gran deportista o una bella animadora. Pero me tragué las ganas de contarlo y me limité a ser la misma de siempre, sólo y únicamente, Sparrow.
Finalmente, acabaron las vacaciones de navidad y la rutina del instituto volvía irremediablemente como el paso de las estaciones. Pero, aunque yo no podía decir nada acerca de mi aptitud a Zoe y al resto de mis compañeros, y profesores, lo que más me dolía era ocultárselo a Josh. Él me había confiado su deseo de ir a la universidad.
—Hola. —dijo, en español, Ian el mediano de los McKencie, cuando me abrió la puerta el primer domingo después del comienzo del instituto. Los hermanos pequeños de Josh estaban empezando a aprender un poco de español, sin quererlo. Le saludé igualmente, y entré a la casa acompañándole. Solo que esa vez no me encontré a la madre de Josh, como casi siempre que venía al hogar de los McKencie. Joseph McKencie Senior me echó un vistazo de arriba abajo, cuando crucé el marco de la entrada del salón. Y me quedé paralizada ante su examen, sin saber como iba reaccionar.
Tal vez no le agradase mi presencia, no toda la gente era tan comprensible con los indios, como su esposa. Pero su rostro no mostraba ningún desacuerdo, parecía más bien molesto porque le había interrumpido en una conversación con su hijo.
—Hablaremos más tarde de ese tema. —dijo dirigiendo una mirada a su primogénito. —Debes de ser Sparrow ¿No?—dijo volviéndola a posar en mí. Yo asentí dubitativamente al ver la mirada del cabeza de familia. Tenía la misma mirada que Josh, unos ojos azul cielo. Pero no eran tan dulces como los de él, eran más fríos y severos, como los ojos de mi madre cuando me echaba una riña.
—Júnior me hablado mucho de ti. —contestó a mi muda respuesta. —Dice maravillas. —continuó expresando al ver que en mi rostro se formaba una pregunta. Josh apartó el rostro de mi, un poco molesto por la sinceridad de su padre, al parecer era un rasgo que había heredado de él.
—Esto... os dejo a solas. —dijo despidiéndose de sus hijos y marchando al trabajo en la fabrica de quesos.
—¿Te estaba echando una bronca?—dije, después de que sonase el ruido del coche en marcha. Era evidente que le había interrumpido un sermón, Josh estaba abatido y un poco distraído. Igual que el día que me explicó su deseo de ir a la universidad.
—No, no te preocupes. No pasa nada...—dijo, tras lo cual sonrió un poco. Pero no era una sonrisa genuina, sólo intentaba dejar a un lado el tema. Me había adelantado a la hora de siempre, debido a que había venido en la bicicleta, y me había metido donde no me llamaban. —... ¡Por poco me olvidaba!—saltó de repente. —Espera un momento aquí. —continuó, mientras yo me preguntaba por qué pensaba que iba a desaparecer. —Toma, tu regalo de navidad. —dijo tendiéndome un paquete que había traído de su dormitorio.
—No te tenías que haber molestado. —dije educadamente. Yo no le había comprado nada en Navidades, y los remordimientos volvían a aparecer. Era una gorra de sol de color verde militar con una gran C en negro ribeteada en blanco. —Esto... me encanta. Aunque no tengo nada para ti. —contesté. El rechazó la idea con un gesto de encogimiento de hombros.
—Es de los Chicago Cubs. —dijo entusiasmado, señalando la C.
—¿Qué es? ¿Un grupo de música? —pregunté entusiasmada, pero el rostro de Josh se tornó a un asombro tremendo, como si le acabase de decir que la tierra era plana.
—Un equipo de béisbol... de Chicago. —contestó, y empezó a recoger el papel de regalo, para evitar que viese su cara de pasmo. ”No es para tanto, sólo es un equipo de béisbol” pensaba yo. Y empezamos con la tutoría, así como el repaso de las clases que habíamos tenido. Pero aunque había recobrado el ánimo después de darme su regalo, estaba totalmente distraído. Y se le notaba mucho.
Estábamos repasando los “falsos amigos” lingüísticos, y me fijaba en que la vista de Josh estaba clavada en la página del libro de texto, pero totalmente desenfocada.
—...y dos vacas pasaron volando, por delante de la furgoneta de mi tío. —dije al final de una frase para ver si al menos me estaba escuchando. Pero no daba señales de haber oído aquella majadería.
—¿Josh? ¿Me estás escuchando? —dije, aquello si que lo sacó de su ensimismamiento.
—Lo siento... estaba distraído... ¿Qué decías? —preguntó mirándome a la cara.
—¿Te pasa algo? ¿Quieres que lo dejemos para otro día? —pregunté afablemente.
—No, estoy bien. —contestó precipitadamente. —Sólo que no paraba de acordarme del partido de mañana.
”¡Por Dios! ¡Te ha dado fuerte con el béisbol!” pensé, pero no lo dije en voz alta.
—¿Te preocupa mucho ese partido?—pregunté, pensando que si hablaba un poco del tema a lo mejor se centraba de una vez.
—Es que tienen un lanzador muy bueno. —contestó mirándome a los ojos. —En el anterior partido eliminó él solo a trece de nuestros bateadores.
—¿Y crees que va ha repetirse?—pregunté, sabía muy poco de béisbol, pero trece bateadores eliminados eran muchos.
—No, no va a jugar mañana, por que tiene una lesión en el cuello. —contestó mientras cerraba el libro de texto, y veía que, por primera vez, yo le mostraba interés en el juego. —Pero, si su entrenador atrasa en partido, sí lo hará.
—¿Puede hacer eso? ¿Atrasar un partido por un jugador?—pregunté extrañada, no me parecía justo.
—No, pero puede hacerlo por mal tiempo. —respondió con una mirada ladina en el rostro.
—¿Mal tiempo? Si mañana va a hacer una tarde estupenda...—comencé a decir y me cosqué en ese momento de que había metido la pata, Josh me miraba con una expresión que me recordó a la de su padre, unos ojos examinadores y atentos.
—¿Cómo lo sabes?—preguntó, haciendo que un escalofrió me recorriera la espalda. Yo llevaba meses sin oír los pronósticos “oficiales” de las cadenas de televisión, y no estaba al tanto.
—Lo digo para animarte. —dije, intentando parecer tranquila, pero él seguía con su mirada clavada en mí.
—Has puesto la misma cara que pones, cuando me corriges un error. —dijo él muy seguro de si mismo.
—Sólo lo he dicho para que te centres de una vez. —dije señalándole el libro, e intentando apartar de mi cabeza el pensamiento de que me hubiera observado tanto. —Ya sabes... Estudiar para ir a la...—continué diciendo. —...Universidad. —dije moviendo los labios nada más.
Ese argumento le centró un poco en su sitio, y volvimos de nuevo a los “falsos amigos” lingüísticos, mientras que yo me preguntaba, si no era yo la “falsa amiga” de él. Cuando ya habíamos terminado la tutoría pensaba que se había olvidado del tema del béisbol, y de mi desliz, pero no fue así.
—Mañana podrías pasarte por el partido. —dijo cuando estaba bajando los escalones de la casa. —Bueno, si hace buen tiempo, y te apetece verlo. —dijo con un tono intencionadamente despreocupado.
—Me lo pensaré. —dije, después de unos segundos de duda. ”Ejem, Ejem” carraspeó la vocecita en el fondo de mi cabeza.
Cuando acabé llegando a casa, quince minutos después, tenía el corazón acelerado, brincando de emoción y no por la bicicleta. Pensando en el partido de mañana, que sabía muy bien que se celebraría y dudando entre ir, o no.
—Sparrow, tienes una llamada. —dijo mamá desde la cocina al oírme entrar en casa. Aquello calló de golpe el hilo de mis pensamientos. —Es del profesor Suresh, de Nueva York. —me indicó mientras me pasaba el auricular del teléfono. Suresh había analizado los datos que había obtenido de su “sencillo test” y había llegado a una conclusión sobre lo que me pasaba.
Según lo poco que había entendido del libro del padre de Suresh, estas habilidades brotaban cuando entre dos, o más, zonas del cerebro, que normalmente estaban aisladas entre sí, surgía una conexión. En esos casos aparecía una nueva aptitud del cerebro. Y en mi caso al parecer había surgido una unión entre dos zonas muy dispares, entre la zona del cerebro responsable de recibir las señales atmosféricas y la corteza cerebral responsable de comprender los demás sentidos.
Esa zona del cerebro recibía las señales responsables de los instintos que rigen la vida de todas las especies animales, incluida la humana. Como el instinto de buscar refugio cuando se acercaba una tormenta, el desove de las tortugas en la luna llena, el despertar de los osos en primavera o la migración de los pájaros al llegar el invierno. Pero también percibía la llegada de la temporada de lluvias, la orientación norte—sur, las corrientes de aire en un valle o el paso del día y la noche.
—Es una zona muy primitiva del cerebro. —me decía Suresh por el auricular. —Por lo que sé podrías llegar a predecir hasta cuando se producen las mareas.
”Estupendo. Eso estaría de fábula... ¡Si fuera una salmón!” pensaba irónicamente. Pero Suresh seguía hablando por el auricular explicándome que muchas personas seguían percibiendo esas señales de forma inconsciente. Se ponían tristes los días de lluvia o de otoño, y alegres en los días soleados y de primavera, su temperatura corporal cambiaba según las estaciones, se orientan intentando buscar el norte aunque no vean las estrellas y un largo etcétera de cosas que me estaban calentando la cabeza.
—La única diferencia entre tú y el resto de la gente, es que tu cerebro comprende esas señales. —terminó diciendo Suresh después de la perorata. —Lo he denominado Intuición Meteorológica.
—Entonces ¿Estoy bien?—pregunté cuando se calló unos instantes. —¿No se me va a freír el cerebro?
De todo lo que había leído, y entendido, del libro que me había prestado, el mayor peligro de este tipo de habilidades, era que el cerebro no aguantase tanto esfuerzo, o información.
—No, no te preocupes. Por lo que he visto en el análisis, tu cerebro aguanta, por ahora. —dijo Suresh, dándome ánimos a su particular manera. —En julio concertaremos una visita a Nueva York, para hacerte más pruebas. Ahora estoy demasiado ocupado con otros asuntos. —terminó diciendo. El último comentario, pensé que era un eufemismo, daba a entender que estaba ocupado en otros evolucionados mucho más “interesantes” que yo.
Terminamos de despedirnos y justo cuando había colgado el teléfono me acordé de que debía haberle dado saludos a su padre, era una idea que tenía desde que vi su foto en la contraportada del libro. En aquel momento no sabía que Suresh y yo teníamos en común una cosa: Para cumplir nuestro destino habíamos perdido a nuestro padre, y sólo nos quedaba su legado, y su recuerdo.
Al día siguiente después de comer estaba sentada en el porche del caserón, leyendo el libro de Chandra, junto con mi abuela que estaba tejiendo. Disfrutando del día soleado que yo sabía que iba a haber, y leyendo el capítulo del libro de Suresh que trataba de los instintos migratorios.

«...Cuando se produce un cambio, algunas especies sienten la necesidad de emigrar. Lo llaman Zugunruhe, la atracción que siente el alma por un lugar lejano.
Siguiendo un olor en el viento, una estrella en el cielo. Y ese ancestral mensaje empuja al grupo a huir, y reunirse lejos de ahí.
Solo entonces habrá una esperanza de poder sobrevivir a la cruel época que se avecina...»


Pero bien podía estar leyendo un jeroglífico egipcio, o un texto en latín, por que no veía nada más que tinta negra impresa sobre papel en blanco. Y en mi mente se producía una batalla dialéctica entre la molesta vocecita y yo.
”¡Hace un día estupendo para ver un partido!” susurraba la insidiosa voz.
”No pienso ir, no me gusta el béisbol” pensaba yo, en respuesta. Mientras mi abuela estaba a su tarea tranquilamente.
”¡Será divertido!” respondía la vocecita en Hopi, alzando un poco el tono y llevándome la contraria.
”Josh me hizo la oferta para quedar bien, nada más” pensaba yo, mientras me removía en el asiento.
”¡Le hará ilusión que tú vayas!” me respondía esa molesta voz, aunque en parte tenía razón.
”El partido ya habrá empezado” determiné yo, ya debían de estar por la segunda entrada.
”¡Pero si te mueres de ganas de verle! bramó la voz con un tono agitado. Mi abuela soltó una maldición en Hopi, cuando se le salió un punto que estaba cosiendo. Y entró en casa meneando la cabeza, y refunfuñando, por su mala suerte.
”Para él solo soy una amiga” argumenté yo, aunque me estaba empezando a cansar de discutir conmigo misma, cerrando el libro definitivamente.
”Con más razón, los amigos se animan entre si” continuó la voz, sin dar su brazo a torcer.
”Pero yo no quiero ser sólo su amiga” pensé, molesta de que aquella voz supiese mis más profundos anhelos, y entrando en casa para dirigirme a mi habitación.
”Será divertido ver el partido”respondía la vocecita.
”Te repites” le recriminé, mientras veía que mi abuela y mi tío estaban hablando en la cocina.
”¡Pero no deja de ser cierto!” me respondió con un risuelo casi infantil en el timbre. Parecía que estuviera discutiendo con una niña pequeña que no entraba en razón.
—Sparrow ¿Te apetece acompañarme a hacer la compra?—preguntó de improviso Tío Badger, tras salir de la cocina.
—Esto... sí... vale...—contesté, desconcertada por el hilo de mis propios pensamientos. —Espérate que me vista y te acompaño.
No me había dado cuenta de ese detalle, la voz que discrepaba siempre de mí, esa molesta voz que me daba la monserga con que fuera al partido, era una voz infantil. La voz de una niña no más mayor que la hermana de Josh, la pequeña Kylie. Mientras reflexionaba sobre esa revelación, y me cambiaba de ropa en mi cuarto, sonaron los tambores y los cánticos por enésima vez. Pronuncié una maldición en español tras quedarme quieta oyendo ese sonido. Suresh me había explicado que para controlar lo que me ocurría, debía entender el funcionamiento de mi don, pero esos tambores no cesaron cuando aprendí a cerrar mi sentido.
Podía percibir el paso de las nubes y de las lluvias, así como trayecto del sol y de la luna y otras tantas cosas. Y también podía dejar de sentir esas sensaciones igual que una persona cierra los ojos para dejar de ver, o se tapa los oídos para dejar de oír. Pero los tambores y los cánticos no los podía callar. ”¿Qué debía hacer? ¿Ir hasta donde sonaba esa música, y pedirles que se callasen de una vez?”
Antes de salir de la habitación, eché un vistazo a la gorra que me había regalado Josh. No sabía si llevármela, o no. Posiblemente no me daría tiempo para ver el partido, pero no iba a tenerla tirada en mi habitación sin darle un uso. La cogí finalmente y me dirigí a la furgoneta de mi Tío.
—Annie. —dijo Tío Badger mientras me abrochaba el cinturón de seguridad. Yo estaba tan distraída que no entendía qué es lo que estaba diciendo. —Apuesto por Anne. —aclaró Tío Badger al ver mi expresión de desconcierto.
—Apuesto entonces por la abuela. —dije recobrando un poco el norte. Después de un rato mirando las nubes por la ventanilla, Tío Badger empezó a hablar. Pero se le notaba que estaba forzando la conversación.
—Es de los Cubs, de los Chicago Cubs ¿No? —dijo haciéndome un gesto señalándose la cabeza. ”¿Es que todo el mundo conoce a los Chicago Cubs menos yo?”. Asentí la cabeza de manera perezosa, y veía que Tío Badger estaba incomodo.
—¿Hoy no jugaba un partido, el chico que te la regaló?—dijo, después de unos segundos incómodos. Yo empezaba a ver por donde iban los tiros, pero sabía muy bien que a mi Tío le incomodaba esos temas.
—Sí, ya habrá empezado. —contesté, como si no le diera la más mínima importancia.
—Si quieres te puedo dejar cerca del campo de béisbol. —se ofreció desinteresadamente. Yo le negué con la cabeza y pareció que se tranquilizó un poco, pero unos minutos después no pudo contenerse más.
—¿Te gusta ese chico?—preguntó con la misma sutileza de un Mastodonte. Mi Tío odiaba hablar de chicos, había acabado muy mal en las anteriores conversaciones que habíamos tenido, y ahora estaba más nervioso que un flan. Iba a soslayar el tema diciendo que entre Josh y yo no había nada, pero lo que salió de mi boca fue tan suave como su misma pregunta.
—¿Y a ti, te gusta mamá?—pregunté, en Hopi, y casi enseguida me tapé la boca para intentar, sin ningún éxito, callar mi ocurrencia. Mi Tío desvió su mirada un segundo de la carretera, para mirarme con desconcierto.
—¿Cómo has dicho?—preguntó, aunque con la voz un poco tomada.
—¿Quieres a mamá?—pregunté en inglés. Ya puestos, de perdidos al río. Tío Badger tenía una expresión extraña en la cara, como la de un niño al que le hubieran pillado haciendo una travesura.—Os oí hablar la noche de Acción de Gracias, y sé lo que hay entre ambos.—agregué, y me quedé mirando fijamente a través de la ventanilla, sin fijar la vista en ningún punto. Después hubo unos instantes en silencio, mientras mi Tío intentaba encontrar la manera de capear ese temporal.
—¿Estás molesta?—dijo, al cabo de un rato, en un tono calmado.
—Sí, estoy molesta. —respondí aun con la mirada fija en el paisaje. —Pero estoy molesta porque intentáis ocultármelo, no por que piense nada en contra. —dije, tornando el rostro hacia él. ”Es mejor no tener secretos” decía mi abuela, y tenía toda la razón. —Pensáis que soy una niña pequeña, que no puede entenderlo, pero sí puedo.
—No sabíamos cómo te lo tomarías. —respondió, él mientras estaba pendiente de la carretera.
—Para mí eres casi un padre. —dije casi en un susurro, y volviendo el rostro de nuevo hacia la ventanilla. De improviso, Tío Badger redujo la marcha del coche y lo detuvo a un lado de la carretera. Apagó el motor del coche y se giró hacia mí.
—Yo no soy tu padre. —dijo gravemente, y me sorprendió su actitud, jamás me había hablado de esta manera. —Mi hermano sí era tu padre.—Yo asentí con la cabeza, estupefacta, sin saber a qué venía eso.—Lo que siento por tu madre no tiene que ver nada con él, absolutamente nada.—terminó diciendo aunque estaba un poco alborotado, como si acabara de recordar algo que le hubiese agitado su corazón. Unos instantes después se dio cuenta de lo que acababa de revelarme, y se giró de nuevo mirando al frente.
—Al principio no la soportaba. —comenzó a decir mi Tío. —A tu madre. —aclaró al ver mi expresión de curiosidad. —Cuando os mudasteis de Alburquerque, ella estaba sobresaltada por la muerte de Hare. —continuó, encendiendo el motor de la furgoneta y empezaba a conducir rumbo a la ciudad. —Y tenía los nervios a flor de piel. —añadió,”Tampoco es que halla cambiado mucho con el tiempo” pensé para mis adentros.
—Era normal, ninguno nos esperábamos la muerte de Hare, nadie...—siguió diciendo aunque su voz seguía consternada. —...y para colmo mi madre vino a meter las narices...—”Sí, en eso es experta. Una maestra” pensé, pero me callé dado que mi tío no solía hablar acerca de sus sentimientos.
—...y me encontré con mi hogar repleto de mujeres que no paraban de darme problemas. —dijo añadiendo una mueca burlona, y mirándome. Pero mi rostro reflejaba claramente que aquello no tenía ni pizca de gracia, y su mueca desapareció en un suspiro.—Y, poco a poco, fui acostumbrándome a todo aquello: a tener que cuidarte, a ver a tu madre todas las mañanas, su temperamento, las regañinas que tenía con mi madre, su sonrisa...—continuó diciéndome mientras conducía.—...y una mañana, hace casi un año, me desperté preguntándome cómo sería mi vida si todo volviese a ser como antes de la muerte de tu padre. —añadió casi para si mismo.
”No eres el único que se ha hecho esa pregunta” pensé, mientras observaba su rostro.
—Y me di cuenta de que mi vida no sería la misma, estaría más vacía, sin todas vosotras. —dijo mirándome por el rabillo del ojo. —Tu padre me dijo una vez, que encontraría una mujer con la que desearía pasar el resto de mi vida, y que echaría raíces. Como él la había encontrado. —dijo cambiando el tono, más animado al recordar a mi padre en vida. —Yo le decía que se equivocaba en eso, que no iba a seguir los mismos pasos que él. —dijo con una sonrisa, con su mente recordando tiempos pasados. Pero su rostro se volvió a ensombrecer de nuevo, al recordar que mi padre estaba muerto, y había tenido razón. —No soy tu padre, pero no es por que no quiera serlo.
Había estado tan absorta escuchándole hablar, que no me percaté de que ya estábamos en el área metropolitana de Clovis. Y más concretamente, al lado de las canchas deportivas de mi instituto.
—Te recogeré dentro de un par de horas ¿Vale? —dijo con un tono más socarrón, abriendo la puerta de la furgoneta y tendiéndome una encerrona. —¡Que te diviertas!
”Vería el partido. Lo quisiese, o no” pensé mientras me dirigía, con paso vacilante, al campo de béisbol tras despedirme de mi Tío. ”¡Bien!” proclamaba la vocecita en Hopi, que una vez más se había salido con la suya.
Me senté en las gradas, viendo el marcador de las carreras obtenidas. Resultó que el partido estaba mucho más avanzado de lo que me pensaba, estaban en la octava entrada, e iban empatados a cuatro carreras cada equipo.
—Strike tres. —dijo el Árbitro, tras el último fallo de uno de los bateadores de nuestro equipo. El siguiente bateador era Josh, y yo no pude evitar pegar un bote del asiento. Pero me senté tranquilamente al ver que el resto de espectadores de nuestro equipo estaban más serenos. Pero en las otras gradas estaban más agitados. Estaban silbando y abucheando a nuestro bateador, a Josh.
—Strike uno. —dijo el Árbitro cuando Josh falló el primer intento, y los abucheos de la otra grada iban en aumento. ”Por dios, no quiero mirar” pensaba, mientras volvía a cuadrarse. Josh era bueno de lanzador, pero lo suyo no era el bateo. Ya había un jugador en la tercera base y sólo necesitaba conectar un golpe para que su compañero obtuviera una carrera.
—Ball uno. —dijo el Árbitro cuando el lanzador falló, y aquello al menos hizo que el público del equipo visitante se callara un poco.
”¡Anímale!” me aconsejó la vocecita en Hopi, cuando se disponía a batear de nuevo.
—¡¡¡ÁNIMO JOSH!!!—bramé en español, tras levantarme, desde las gradas. Pero aquello tuvo el efecto contrario, Josh falló el golpe debido a mi distracción y nuestro entrenador estaba morado de rabia. Los espectadores de la otra grada, en cambio estaban muy jocosos.
—Strike dos. —sentenció el Árbitro, y yo me sentaba con el rostro más rojo que un tomate. No siempre acertaba esa vocecita infantil. Pero Josh había vuelto su rostro hacia las gradas y me lanzó un saludo, como si aquel fallo no hubiera tenido ninguna importancia.
Estaba de los nervios. Si Josh fallaba otra vez, lo eliminarían y puede que perdieran el partido en la novena entrada. Todo por mi culpa. Así que tenía las manos aferradas al banquillo para evitar saltar del asiento. Mientras Josh se disponía a batear otra vez más, y...
...esta vez consiguió conectar un golpe, salió a toda pastilla hacia las bases, y su compañero completaba una carrera. El resto de la entrada continuó cinco a cuatro ganando nosotros. Hasta que al final comenzó la novena entrada y Josh se puso de lanzador.
A mí nunca me había gustado el béisbol, por que no entendía algunas de sus reglas, pero era indiscutible por qué el entrenador le había escogido como lanzador titular. La novena entrada apenas duró doce minutos más, sin que el marcador cambiara de cinco a cuatro ganando.
—Strike tres. —sentenció el Árbitro al tercer bateador del equipo contrario, y en ese momento sí pegué un bote del asiento. Habíamos ganado el partido al fin, después de tanta angustia.”Te dije que te ibas a divertir” soltó la voz infantil.
—Me alegro que hayas venido. —dijo Josh tras salir de los vestuarios, veinte minutos después. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, aunque no sabía si era por mi presencia, o por haber ganado el partido.
—Es que pasaba por aquí. —dije una mentirijilla mientras le dedicaba una sonrisa.
Como me había perdido casi todo el partido, Josh decidió hacerme un resumen elaborado, y concienzudo, entrada por entrada. Y yo intentaba seguir sus explicaciones, lo mejor que podía. Y no entendía como podía acordarse de todas las jugadas que se habían realizado en el partido. ”Si le pusiese tanto empeño al español como al béisbol, lo aprobaría sobradamente” pensaba, mientras seguía atendiendo a su exposición. Un buen rato después, aunque me pareció mucho menos, apareció mi Tío para recogerme.
—Si quieres te acercamos a tu casa. —se ofreció Tío Badger, viendo la desilusión en mi rostro. Josh aceptó tras hacer una llamada a su padre, para que no le recogiera al salir de la fábrica. Y continuó hablando sobre las vacaciones en Chicago, y el partido de los Cubs que había visto. Pero tras ver que me estaba distrayendo con el pasar de los postes de la luz, decidió cambiar de tema.
—Ha hecho un tiempo estupendo, tal y como dijiste. —dijo retomando el desliz que había cometido el día de antes. Y yo me ponía tensa al darme cuenta que Josh estaba observándome atentamente. —¿Qué tiempo crees que va hacer mañana?
—No lo